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Tras pasar por España,
África del sur y Australia, se instaló definitivamente en los
EE.UU a principios de la década de los 40. Allí adoptó el nombre
de Douglas Sirk y rodó sus primeras películas con capital hollywoodiense:
Hitler's madman, muy marcada por la conflictiva situación
política de aquellos años y Extraña confesión, basada en
un relato de Chejov. En 1946 Douglas Sirk adaptó una biografía
novelada de Francois Eugéne Vidocq, Escándalo en París,
protagonizada por George Sanders con quien volvió a contar para
su siguiente largometraje, El asesino poeta (1947), un
remake de una película de R. Siodmak titulada Trampas (1938).
Después
de Schokproof (1948) y La primera legión (1950),
Douglas Sirk comenzó a trabajar en exclusiva para Universal International,
unos estudios que le dieron bastante libertad para desarrollar
su labor y donde llevó a cabo las obras más emblemáticas de su
carrera. Durante este periodo (que abarca de 1951 a 1959) se consolidó
plenamente su singular modo de enfocar el melodrama que había
ido perfilando desde sus inicios como director en la UFA, pero
tuvo también un hueco para incursiones en otros géneros como las
comedias musicales y familiares (¿Alguien ha visto a mi chica?,
1952), el western (Raza de violencia, 1954) e incluso
las películas de corte histórico (Atila, rey delos hunos,
1954 y Orgullo de raza, 1956).
Con
Barbara Stanwyck como protagonista estelar, Douglas Sirk realizó
en 1953 un Su gran deseo, un film donde se pone de manifiesto
la formación teatral del director germano. Un año más tarde estrenó
Obsesión, brillante melodrama interpretado por Rock Hudson
y Jane Wyman (que fue candidata al Oscar a la Mejor Actriz por
su actuación) que ya cuenta con todos los elementos de las mejores
películas de Douglas Sirk: decorados suntuosos, plasticidad visual,
sentimientos a flor de piel y una sutil ironía que queda perfectamente
encajada en la trama folletinesca. Jane Wyman y Rock Hudson son
también la sufriente pareja protagonista de Solo el cielo lo
sabe (1956), la historia de una viuda de clase media que se
enamora de su jardinero y tiene que hacer frente al rechazo de
sus hijos y de su círculo social (un argumento que retoma Todd
Haynes en Lejos del cielo).
Ese
mismo año y también con Rock Hudson rodó Escrito sobre el viento,
un melodrama familiar colorista y exuberante que describe la decadencia
de una familia tejana a partir de una singular estructura narrativa
articulada en círculos concéntricos. Con una puesta en escena
tan efectiva como elegante, la película cuenta con un excelente
reparto en el que brillan con luz propia Lauren Bacall, Robert
Stack y Dorothy Malone (que obtuvo un Oscar por su conmovedora
interpretación de una atormentada ninfómana). En 1957 realizó
Interludio de amor, película basada en un relato de James
M. Cain que ya había llevado al cine John M Stahl en Huracán
(1939) y Ángeles sin brillo, una apasionante versión fílmica
de la novela Pylon de William Faulkner. Ambientada en
Nueva Orleans en plena depresión económica y durante la celebración
del carnaval (el tradicional Mardi Gras) Ángeles sin brillo
es una de las obras más pesimistas e inquietantes de Douglas Sirk
que pone en cuestión muchos de los pilares sobre los que se asienta
el American way of life. Siguiendo con las adaptaciones
literarias, Douglas Sirk llevó a cabo en 1958 Tiempo de amar,
tiempo de morir, un intenso y comprometido melodrama antibelicista
basado en la obra homónima de Erich María Remarque con John Gavin
en el papel principal.
Un año más tarde estrenó Imitación a la vida,
considerada por la crítica como su obra cumbre, que supuso la
despedida oficial de su carrera cinematográfica (desde 1960 hasta
su muerte en 1987 se dedicó al teatro y sólo regresó al mundo
del cine a mediados de los 70 para dirigir algunos cortometrajes).
A partir de una trama folletinesca de Fannie Hurst, una puesta
en escena elegante y estilizada y una sabia construcción de los
personajes, Douglas Sirk ejecutó un penetrante y emotivo ejercicio
melodramático que al mismo tiempo trasmitía un elocuente mensaje
antirracista. Protagonizada por Lara Turner, Sandra Dee, Juanita
Moore, Susan Kohner y John Gavin, Imitación a la vida concluye
con un fastuoso funeral filmado desde el interior de una tienda
y en el que se opera un bello y complejo proceso de reelaboración
formal (el cristal fragmenta la imagen) que puede simbolizar
el emotivo canto del cisne del imaginario fílmico que creó Douglas
Sirk a lo largo de su prolífica carrera.
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