Texto: Carlos Leal.
Fotos: Archivo

 

 

 

Douglas Sirk o el canón del melodrama cinematográfico

Un director admirado por cineastas contemporáneos como Pedro Almodóvar, Aki Kaurismaki o Todd Haynes

El estreno de Lejos del cielo, una película de Todd Haynes (Poison, Velvet Goldmine, Safe) que protagoniza Julianne Moore (en un papel por el que fue recompensada con la Copa Volpi a la Mejor Actriz en la última edición del festival de Venecia) vuelve a poner de actualidad al director de origen alemán Hans Detlef Sierck, más conocido con el nombre que adoptó tras instalarse en los Estados Unidos: Douglas Sirk. Tanto desde un punto de vista estilístico como temático, Lejos del cielo es un homenaje al cine de Douglas Sirk, cuyos intensos y arrebatados melodramas además de cumplir un papel catártico articularon una lúcida crónica social de los problemas de la clase media norteamericana en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde R.W. Fassbinder a Pedro Almodóvar, pasando por Aki Kaurimaki, Francoise Ozon, el citado Todd Haynes o el mismo Lars Von Trier (especialmente el de Rompiendo las olas y Bailando en la oscuridad) han sido muchos los directores (sobre todo europeos) que han reconocido la influencia en su producción creativa del director de Imitación a la vida.

Douglas SirkRepresentante máximo del melodrama clásico hollywodiense de la década de los 40 y 50, el cine de Douglas Sirk se caracteriza por un estilo suntuoso y afectado, de enorme plasticidad visual y alta carga emotiva que ha dejado obras tan abrumadoras como Ángeles sin brillo, Escrito sobre el viento o Tiempo de amar, tiempo de morir. Sus películas llevan a cabo una adaptación al lenguaje del cine de los recursos narrativos propios del folletín literario pero siempre desde un distanciamiento discursivo que dota a sus trabajos de una fascinante textura barroca y de un tono romántico y decadente (a veces, incluso grotesco) que le han convertido en una autor de culto para las generaciones posteriores. Despreciado por la crítica de su tiempo que le consideraba únicamente un buen "artesano de cine para mujeres", Douglas Sirk empezó a ser reconocido a partir de los años 70, sobre todo en Europa donde directores como Fassbinder subrayaron la mirada irónica y crítica que se ocultaba tras sus dramones pretendidamente artificiosos y exagerados.

Desde este planteamiento, la singularidad del cine de Douglas Sirk (más marcada en el tramo final de su carrera) deriva de su tendencia al exceso visual y a la exhuberancia narrativa, de su gusto por los espejos y los decorados llenos de detalles y rincones, del uso de la luz y del color como vehículos de expresión de sentimientos y emociones intensas, de la constante recurrencia a desdoblamientos narrativos y ocultamientos dramáticos, de una ironía soterrada que exhibe impúdicamente la fragilidad y falsedad de una sociedad en plena decadencia. Sus filmes cuentan historias románticas que apuntan directamente al corazón de los espectadores, con personajes sufrientes que arrastran una pesada carga moral, una tristeza infinita e irremediable. Pero Douglas Sirk no se queda en una mirada sentimental, sino que da otra vuelta de tuerca y aplica un profundo distanciamiento discursivo que, en palabras del profesor González Requena, "actúa como si fuese un espejo, rompiendo con la convención del melodrama para llevarlo a un plano superior".

Fallecido el 14 de enero de 1987 en Lugano (Suiza), Hans Detlef Sierck nació en Hamburgo (Alemania) en el año 1900. De amplia y variada formación humanista (estudió derecho, filosofía e historia del arte) sus primeros pasos en el mundo del espectáculo fueron en el teatro durante su estancia en Bremen (1923-1927) y Leizpig (1929-1933), donde realizó numerosos montajes de dramaturgos como Shakespeare o Bernard Shaw. En 1935 fue contratado por los estudios UFA y realizó algunas películas por encargo como Das madchen Moorhof o Stutzen der geseilschaft (una adaptación de Henrik Ibsen). Antes de su exilio forzado para huir de la persecución nazi, Hans Detlef Sierck llevó a cabo una serie de filmes (La novena sinfonía, La golondrina cautiva,...) en los que mostraba los contrastes y contradicciones de la sociedad de la época y ya apuntaba los rasgos principales del estilo melodramático que caracterizaría su carrera cinematográfica posterior. Como hecho curioso podemos mencionar que de ese periodo data La habanera (1937), un filme en el que las islas Canarias sirvieron de escenario para ubicar una historia ambientada en Puerto Rico.

   

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