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El
estreno de Lejos del cielo, una película de Todd Haynes
(Poison, Velvet Goldmine, Safe) que protagoniza
Julianne Moore (en un papel por el que fue recompensada con la
Copa Volpi a la Mejor Actriz en la última edición del festival
de Venecia) vuelve a poner de actualidad al director de origen
alemán Hans Detlef Sierck, más conocido con el nombre que adoptó
tras instalarse en los Estados Unidos: Douglas Sirk. Tanto desde
un punto de vista estilístico como temático, Lejos del cielo
es un homenaje al cine de Douglas Sirk, cuyos intensos y arrebatados
melodramas además de cumplir un papel catártico articularon una
lúcida crónica social de los problemas de la clase media norteamericana
en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Desde R.W.
Fassbinder a Pedro Almodóvar, pasando por Aki Kaurimaki, Francoise
Ozon, el citado Todd Haynes o el mismo Lars Von Trier (especialmente
el de Rompiendo las olas y Bailando en la oscuridad)
han sido muchos los directores (sobre todo europeos) que han reconocido
la influencia en su producción creativa del director de Imitación
a la vida.
Representante
máximo del melodrama clásico hollywodiense de la década de los
40 y 50, el cine de Douglas Sirk se caracteriza por un estilo
suntuoso y afectado, de enorme plasticidad visual y alta carga
emotiva que ha dejado obras tan abrumadoras como Ángeles sin
brillo, Escrito sobre el viento o Tiempo de amar,
tiempo de morir. Sus películas llevan a cabo una adaptación
al lenguaje del cine de los recursos narrativos propios del folletín
literario pero siempre desde un distanciamiento discursivo que
dota a sus trabajos de una fascinante textura barroca y de un
tono romántico y decadente (a veces, incluso grotesco) que le
han convertido en una autor de culto para las generaciones posteriores.
Despreciado por la crítica de su tiempo que le consideraba únicamente
un buen "artesano de cine para mujeres", Douglas Sirk
empezó a ser reconocido a partir de los años 70, sobre todo en
Europa donde directores como Fassbinder subrayaron la mirada irónica
y crítica que se ocultaba tras sus dramones pretendidamente artificiosos
y exagerados.
Desde
este planteamiento, la singularidad del cine de Douglas Sirk (más
marcada en el tramo final de su carrera) deriva de su tendencia
al exceso visual y a la exhuberancia narrativa, de su gusto por
los espejos y los decorados llenos de detalles y rincones, del
uso de la luz y del color como vehículos de expresión de sentimientos
y emociones intensas, de la constante recurrencia a desdoblamientos
narrativos y ocultamientos dramáticos, de una ironía soterrada
que exhibe impúdicamente la fragilidad y falsedad de una sociedad
en plena decadencia. Sus filmes cuentan historias románticas que
apuntan directamente al corazón de los espectadores, con personajes
sufrientes que arrastran una pesada carga moral, una tristeza
infinita e irremediable. Pero Douglas Sirk no se queda en una
mirada sentimental, sino que da otra vuelta de tuerca y aplica
un profundo distanciamiento discursivo que, en palabras del profesor
González Requena, "actúa como si fuese un espejo, rompiendo
con la convención del melodrama para llevarlo a un plano superior".
Fallecido
el 14 de enero de 1987 en Lugano (Suiza), Hans Detlef Sierck nació
en Hamburgo (Alemania) en el año 1900. De amplia y variada formación
humanista (estudió derecho, filosofía e historia del arte) sus
primeros pasos en el mundo del espectáculo fueron en el teatro
durante su estancia en Bremen (1923-1927) y Leizpig (1929-1933),
donde realizó numerosos montajes de dramaturgos como Shakespeare
o Bernard Shaw. En 1935 fue contratado por los estudios UFA y
realizó algunas películas por encargo como Das madchen Moorhof
o Stutzen der geseilschaft (una adaptación de Henrik Ibsen).
Antes de su exilio forzado para huir de la persecución nazi, Hans
Detlef Sierck llevó a cabo una serie de filmes (La novena sinfonía,
La golondrina cautiva,...) en los que mostraba los contrastes
y contradicciones de la sociedad de la época y ya apuntaba los
rasgos principales del estilo melodramático que caracterizaría
su carrera cinematográfica posterior. Como hecho curioso podemos
mencionar que de ese periodo data La habanera (1937), un
filme en el que las islas Canarias sirvieron de escenario para
ubicar una historia ambientada en Puerto Rico.
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