|
"Cada
plano es un riesgo", concluye Oliveira, muy cerca del Godard que
afirmaba que un travelling es una cuestión moral, síntesis pura
de la responsabilidad del autor. Y, sin embargo, en otra entrevista
con el semanario lisboeta Expreso (26-VI-1997), el cineasta portugués,
este Manoel de Oliveira al que siempre se le ha acusado de provocar
epidemias de bostezos y despavoridas deserciones en masa de las
salas, confiesa que no es nadie sin el público, que ningún autor
es nadie sin el público: "Un filme no está acabado antes de que
el primer espectador lo ve". Y recurre al refranero luso para
ir más allá: "Quem conta um conto, acrescenta-lhe um ponto". Al
cabo de cierto tiempo, un cuento, un filme, tiene muchos más puntos
de los que tenía en su origen, crece en cada revisión.
Se suceden los homenajes para este director más
reconocido que conocido. Entre los últimos, el Premio Bresson
en el último Festival de Venecia y el ciclo Palabra y Utopía,
organizado recientemente en Sevilla, en el que se proyectó buena
parte de su filmografía, casi toda inédita en España, con el impagable
colofón de la presencia de un Manoel de Oliveira juvenil, irónico,
vitalista. Hace ya casi dos décadas, en 1982, rodó A visita. Memórias
e confissões, documental autobiográfico que, según su deseo,
sólo podrá proyectarse después de su muerte. Esperamos tardar
mucho tiempo en verlo.
Al puerto de su infancia, allí donde quiso dedicarse
al automovilismo (deporte en el que llegó a destacar en los años
20), allí donde creció con los primeros pases de Griffith y de
Chaplin, allí donde rodó por inspiración de Berlín. Sinfonía de
una capital, de Ruttmann, esa joya del mudo sobre los trabajadores
del Duero que es Faina fluvial, allí ha vuelto recientemente
para presentar Porto da minha Infância, encargo de la capitalidad
cultural de Oporto 2001, hasta ahora su último filme. Pero rueda
ya otro, A Jóia da coroa. Cuestión de fe.
|