Texto: Juan Antonio Bermúdez
Fotos: Archivo

 


 

 



Una cuestión de fe

La Caja San Fernando de Sevilla dedica un extenso ciclo al uno de los más veteranos cineastas europeos: Manoel de Oliveira

Como tantos personajes suyos (pienso por ejemplo en el amable director psiquiátrico de A divina comédia interpretado por Ruy Furtado, escéptico hasta el gesto o el abandono rotundo del suicidio), Manoel de Oliveira (Oporto, Portugal, 1908) desconfía de los profetas y no acepta que se le anuncie con el protocolo del filósofo. Y en cambio siempre se ha definido como "una persona de fe".

Manoel de OliveiraFe en lo que hace, contra la corriente atolondrada y fragmentaria de su contemporaneidad. Fe en la literatura como "la gran manifestación artística, de una amplitud casi infinita" y en el teatro como sustrato del cine, que por el montaje es ya evidentemente otra cosa. Fe en el idioma, avalada en el recurso frecuente a aquella cita de Pessoa: "a minha pátria é a minha língua". Fe, finalmente, como resumen de todo lo demás, en el ser humano, contra las pruebas abundantes de su canibalismo, contra la fatal naturalidad de su destino.En los 70 años que median entre Douro, Faina fluvial (1931) y Vou para casa (2001), Manoel de Oliveira ha rodado 35 películas, las veinte últimas a un asombroso ritmo anual gracias también en buena parte a la fe, ciega al éxito y al fracaso, en este caso de su productor Paolo Branco.

De todas ellas mana una exigente voluntad de reclamar las posibilidades de expresión estética del artefacto de los Lumiere, una confianza (añeja, si se quiere, pero viva, tan viva como cualquier antitética ceremonia desacralizadora) en el cine como arte y en el arte como objeto inútil, de redentora inutilidad. Aunque eso sea sobre todo una reacción frente al tecnicismo y a la trivialidad, una provocación que alcanza su techo en los interminables planos estáticos de Le Soulier de Satin (1985, 415 minutos, León de Oro en Venecia, obra magna del cine portugués), un viaje al principio de lo específico cinematográfico por detrás de modas y modos de representación.

"Cuanta más violencia y más sexo hay en una película, mejor se vende. Y es que el cine comercial y de entretenimiento está provocando la muerte del cine como arte", rezonga el director en las entrevistas (Diario 16, 9-IX-1998). Y por eso sus personajes ni siquiera se besan, compartiendo así la idea de Andrè Bazin, que consideraba el amor irrepresentable por único, por irreproductible.

   

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