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Como tantos personajes suyos (pienso por ejemplo
en el amable director psiquiátrico de A divina comédia
interpretado por Ruy Furtado, escéptico hasta el gesto o el abandono
rotundo del suicidio), Manoel de Oliveira (Oporto, Portugal, 1908)
desconfía de los profetas y no acepta que se le anuncie con el
protocolo del filósofo. Y en cambio siempre se ha definido como
"una persona de fe".
Fe
en lo que hace, contra la corriente atolondrada y fragmentaria
de su contemporaneidad. Fe en la literatura como "la gran manifestación
artística, de una amplitud casi infinita" y en el teatro como
sustrato del cine, que por el montaje es ya evidentemente otra
cosa. Fe en el idioma, avalada en el recurso frecuente a aquella
cita de Pessoa: "a minha pátria é a minha língua". Fe, finalmente,
como resumen de todo lo demás, en el ser humano, contra las pruebas
abundantes de su canibalismo, contra la fatal naturalidad de su
destino.En los 70 años que median entre Douro, Faina
fluvial (1931) y Vou para casa (2001), Manoel de Oliveira
ha rodado 35 películas, las veinte últimas a un asombroso ritmo
anual gracias también en buena parte a la fe, ciega al éxito y
al fracaso, en este caso de su productor Paolo Branco.
De todas ellas mana una exigente voluntad de reclamar
las posibilidades de expresión estética del artefacto de los Lumiere,
una confianza (añeja, si se quiere, pero viva, tan viva como cualquier
antitética ceremonia desacralizadora) en el cine como arte y en
el arte como objeto inútil, de redentora inutilidad. Aunque eso
sea sobre todo una reacción frente al tecnicismo y a la trivialidad,
una provocación que alcanza su techo en los interminables planos
estáticos de Le Soulier de Satin (1985, 415 minutos, León
de Oro en Venecia, obra magna del cine portugués), un viaje al
principio de lo específico cinematográfico por detrás de modas
y modos de representación.
"Cuanta más violencia y más sexo hay en una película,
mejor se vende. Y es que el cine comercial y de entretenimiento
está provocando la muerte del cine como arte", rezonga el director
en las entrevistas (Diario 16, 9-IX-1998). Y por eso sus personajes
ni siquiera se besan, compartiendo así la idea de Andrè Bazin,
que consideraba el amor irrepresentable por único, por irreproductible.
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