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A medio camino entre la historia del cine y la
leyenda se sitúa la anécdota de que el ilusionista
Georges Méliès se encontraba entre los treinta y
cinco privilegiados que asistieron a la primera proyección
pública del cinématografo de los hermanos Lumière
en el Gran Café de París, en diciembre de 1895.
Asombrado por el invento, continúa la historia, Méliès
trató de adquirirlo inmediatamente, pero recibió
una tajante negativa. "Nuestro invento no está en
venta", le respondieron los Lumière. "Puede ser
explotado durante algún tiempo como curiosidad científica,
pero no tiene ningún porvenir comercial. Le llevaría
a la ruina".
Sin
embargo, lejos de echarse atrás, Georges Méliès
siguió adelante con su idea de incorporar proyecciones
cinematográficas a sus espectáculos de vodevil.
Para ello, en 1896 viaja a Inglaterra y adquiere un invento similar,
el biscopio de Robert William Paul. Posteriormente, realizaría
diversas modificaciones al aparato para que, al igual que el de
los Lumière, pudiera impresionar la película y después
proyectarla.
A su vuelta a Francia, Méliès creó
la compañía Star Films, a través de la cual
comenzó a producir películas para sus espectáculos.
Al igual que los hermanos Lumière, en un primer momento
Méliès se limitó a explotar el invento como
curiosidad científica, proyectando películas que
eran meros planos fijos rodados en lugares conocidos.
Sin embargo, poco después una casualidad
le descubrió las posibilidades expresivas del cine; mientras
rodaba uno de sus prosaicos filmes en la Plaza de la Ópera
de París, la cámara se atascó y la película
se rompió. "Tardé un minuto en cambiar la película
y volver a poner la cámara en movimiento", explicó
posteriormente Georges Méliès. "Durante ese
minuto, la gente, los autobuses y los vehículos se habían
movido. Al proyectar la película habiendo reparado ese
roto, de repente vi como un ómnibus de la Madeleine-Bastille
se había trasformado en un carruaje fúnebre, y los
hombres en mujeres. Descubrí el truco de la sustitución,
llamado stop action, y dos días después realicé
las primeras metamorfosis de hombres en mujeres y las primeras
desapariciones, que tuvieron mucho éxito".
Hasta
el cambio de siglo, Méliès rodó más
de cien cortometrajes, en los que experimentó con todo
tipo de efectos visuales: disoluciones, fundidos, sobreimpresiones
y un largo etcétera. Una galería de trucos y recursos
que le permitieron en 1902 afrontar la que él mismo definió
como "la primera gran comedia de magia cinematográfica",
Viaje a la Luna.
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