Texto: David Montero
Fotos: Archivo

 


 

 

El celuloide poético

Tras sus éxitos anteriores, Julio Médem se traslada a una isla a la deriva para enfrentarse a su última aventura, Lucía y el sexo

Tierra (1995) anuncia la madurez creadora del cineasta donostiarra. Tranquilo, sin las presiones económicas de cintas anteriores, el realizador pudo crear una película personal, lírica; un filme plagado de metáforas y significaciones, que va del interior al exterior, confundiéndolos; desde las inquietudes más íntimas hasta las fuerzas que mueven el planeta. Aquí, el protagonista es Ángel, un ser complejo, que se mueve a caballo entre la tierra y el cosmos, entre Ángela y Mari.

Un enterrado Julio MédemPara Tierra, Médem se había pulido a conciencia, perfeccionando ciertos elementos (encuadres y planos, la escenografía) y dando su lugar exacto a otros como el humor (rudo y burdo por momentos en La ardilla roja). Además, el público le respondió y el filme alcanzó un éxito moderado en las taquillas, debido en parte a la buena acogida internacional de la película. Pero, en aquel momento, Médem seguía siendo sobre todo un realizador joven, al que le acompañaba la etiqueta de "raro"; un autor indescifrable que, como Almodóvar, se hacía acompañar de su perenne troupe, en esta ocasión compuesta por Enma Suárez, Carmelo Gómez, Nancho Novo o Karra Elejalde.

Siempre fiel a su estilo, madurándolo, todo cambió para Julio Médem con Los amantes del círculo polar, una preciosa fábula blanca sobre el amor y la casualidad. En esta ocasión fue un texto de Ray Loriga el que puso a funcionar la cabeza del cineasta: un niño persigue a una niña, a ella le gusta; ella quiere llorar para él y a él le gusta. Poco más. ¿Qué podría haber detrás de todo aquello? ¿Por qué lloraba aquella niña? Era solo el punto de partida de la historia de Otto y Anna, dos amantes capicúa que confían su relación a la implacable seguridad del azar. Como hemos dicho, muchas cosas cambiaron con este filme: para comenzar, el balance económico de la película fue muy satisfactorio y la crítica, habitualmente ambigua con su trabajo, se deshizo en elogios ante el difícil equilibrio en el que se movía la historia. Además, para Los amantes, Médem optó por cambiar a su habitual equipo de actores, confiando ahora en intérpretes más jóvenes como Najwa Nimri o Fele Martínez.

El resultado definitivo, tras diez años, nos deja a un Julio Médem libre de etiquetas, que enfrenta su trabajo como un proceso de realización personal, más allá de exigencias comerciales, dueño de un cine preciosista, lírico, adulto... que busca a sus personajes en un rayo de sol o en una carrera desenfrenada. Un realizador atípico y libre, ganador de una batalla que le ha colocado como uno de los directores europeos más interesantes de la última década a la espera de su quinto filme: Lucía y el sexo.

   

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