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Tierra (1995) anuncia la madurez creadora
del cineasta donostiarra. Tranquilo, sin las presiones económicas
de cintas anteriores, el realizador pudo crear una película
personal, lírica; un filme plagado de metáforas
y significaciones, que va del interior al exterior, confundiéndolos;
desde las inquietudes más íntimas hasta las fuerzas
que mueven el planeta. Aquí, el protagonista es Ángel,
un ser complejo, que se mueve a caballo entre la tierra y el cosmos,
entre Ángela y Mari.
Para
Tierra, Médem se había pulido a conciencia,
perfeccionando ciertos elementos (encuadres y planos, la escenografía)
y dando su lugar exacto a otros como el humor (rudo y burdo por
momentos en La ardilla roja). Además, el público
le respondió y el filme alcanzó un éxito
moderado en las taquillas, debido en parte a la buena acogida
internacional de la película. Pero, en aquel momento, Médem
seguía siendo sobre todo un realizador joven, al que le
acompañaba la etiqueta de "raro"; un autor indescifrable
que, como Almodóvar, se hacía acompañar de
su perenne troupe, en esta ocasión compuesta por
Enma Suárez, Carmelo Gómez, Nancho Novo o Karra
Elejalde.
Siempre fiel a su estilo, madurándolo, todo
cambió para Julio Médem con Los amantes del círculo
polar, una preciosa fábula blanca sobre el amor y la
casualidad. En esta ocasión fue un texto de Ray Loriga
el que puso a funcionar la cabeza del cineasta: un niño
persigue a una niña, a ella le gusta; ella quiere llorar
para él y a él le gusta. Poco más. ¿Qué
podría haber detrás de todo aquello? ¿Por
qué lloraba aquella niña? Era solo el punto de partida
de la historia de Otto y Anna, dos amantes capicúa que
confían su relación a la implacable seguridad del
azar. Como hemos dicho, muchas cosas cambiaron con este filme:
para comenzar, el balance económico de la película
fue muy satisfactorio y la crítica, habitualmente ambigua
con su trabajo, se deshizo en elogios ante el difícil equilibrio
en el que se movía la historia. Además, para Los
amantes, Médem optó por cambiar a su habitual
equipo de actores, confiando ahora en intérpretes más
jóvenes como Najwa Nimri o Fele Martínez.
El resultado definitivo, tras diez años,
nos deja a un Julio Médem libre de etiquetas, que enfrenta
su trabajo como un proceso de realización personal, más
allá de exigencias comerciales, dueño de un cine
preciosista, lírico, adulto... que busca a sus personajes
en un rayo de sol o en una carrera desenfrenada. Un realizador
atípico y libre, ganador de una batalla que le ha colocado
como uno de los directores europeos más interesantes de
la última década a la espera de su quinto filme:
Lucía y el sexo.
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