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Lucía
nació de un rayo de sol y de una huida. Tras fatigar ciudades
y festivales promocionando Los amantes del círculo polar,
Julio Médem (San Sebastián, 1958) sintió
la necesidad de huir, de refugiarse. Se marchó a Formentera
y allí, deslumbrado por los brillos que el sol adquiría
sobre la roca, dedicado a explorar con su nueva cámara
digital, nació una Lucía, diáfana, clara
e inocente, una mujer empeñada en caminar hacia la vida
y el sol. En esos días, Médem venía del frío
de Finlandia y pretendía trasladar su cámara a la
cristalina luminosidad que ya dejó entrever en la escena
final de Tierra (1994) para cerrar un círculo aún
incompleto que se inició en los verdes parajes de Vacas
(1992). A la desdibujada Lucía se fueron añadiendo
nuevos personajes, ideas, aunque faltaba un elemento clave: el
sexo. Un sexo a medio camino entre la oscuridad y la alegria,
entre la fantasía y la obsesión. Con todos estos
elementos, el realizador vasco ha creado su quinto largometraje,
Lucía y el sexo.
Pero la aventura personal, íntima, que Julio
Médem mantiene con el cine comenzó a mediados de
la década de los setenta, probablemente al tiempo que iniciaba
sus estudios de Medicina y Cirugía Genéral en la
Universidad de San Sebastián. Su primera cinta fue un cortometraje
de escasas pretensiones, "El Ciego" a la que siguieron
un corto basado en un relato de Hichcock y otro inspirado en los
poemas de Antonio Machado. Los reconocimientos empezaron a llegar
con "Patas en la cabeza" (1985) con el que logra el
Premio de Cine Vasco en el Certamen Internacional de Cine Documental
y Cortometraje de Bilbao. Después vendría "Las
seis en punta", una reflexión sobre el paso del tiempo
que ya comenzaba a definir las lineas argumentales y visuales
del cine que le caracterizaría en un futuro. Por aquel
entonces el joven médico, con su título bajo el
brazo, ya había decidido que se dedicaría profesionalmente
al cine y rodó el mediometraje Martín de
la serie "7huellas7", producido por Elias Querejeta para TVE.
El "cine de Médem" (suyo, personal)
dio sus primeros pasos en el largometraje con Vacas (1992)
y a los bolígrafos de los críticos acudía
principalmente un palabra: originalidad. La complicada escenografía
visual de su "opera prima" provocó admiración
y estupefacción a partes iguales. Por el camino, el realizador
donostiarra ganó un Goya al mejor director novel, lo que
aseguró la producción de un largometraje que ya
andaba dando vueltas por su cabeza: La ardilla roja, la
tragicómica historia de una pareja sin pasado, que avanza
a tumbos, de mentira en mentira,
Gracias
a La ardilla roja, Médem ganó sobre todo
reconocimiento a nivel nacional e internacional. Su arriesgada
propuesta cinematográfica, su personal lucha con el cine,
comenzaba ahora a tomar solidez, siguiendo
las líneas esbozadas en Vacas. Sólo un elemento
seguía dando quebraderos de cabeza al realizador donostiarra:
el público. Fue el propio Médem quien, durante la
presentación de la película expresaba abiertamente
su temor a que ni este filme ni su cine fuesen comprendidos por
amplios sectores de la audiencia. De hecho, tras el estreno de
La ardilla, sus películas fueron inmediatamente
catalogadas de "minoritarias", una especie de film
d´art con pocas posibilidades comerciales. Sin embargo,
La ardilla roja sólo fue un pequeño aviso
de lo que aún faltaba por llegar: el cine de Médem
sería complejo, adulto, vital o no sería.
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