Texto: David Montero
Fotos: Archivo

 


 

 



El celuloide poético

Tras sus éxitos anteriores, Julio Médem se traslada a una isla a la deriva para enfrentarse a su última aventura, Lucía y el sexo

Julio MédemLucía nació de un rayo de sol y de una huida. Tras fatigar ciudades y festivales promocionando Los amantes del círculo polar, Julio Médem (San Sebastián, 1958) sintió la necesidad de huir, de refugiarse. Se marchó a Formentera y allí, deslumbrado por los brillos que el sol adquiría sobre la roca, dedicado a explorar con su nueva cámara digital, nació una Lucía, diáfana, clara e inocente, una mujer empeñada en caminar hacia la vida y el sol. En esos días, Médem venía del frío de Finlandia y pretendía trasladar su cámara a la cristalina luminosidad que ya dejó entrever en la escena final de Tierra (1994) para cerrar un círculo aún incompleto que se inició en los verdes parajes de Vacas (1992). A la desdibujada Lucía se fueron añadiendo nuevos personajes, ideas, aunque faltaba un elemento clave: el sexo. Un sexo a medio camino entre la oscuridad y la alegria, entre la fantasía y la obsesión. Con todos estos elementos, el realizador vasco ha creado su quinto largometraje, Lucía y el sexo.

Pero la aventura personal, íntima, que Julio Médem mantiene con el cine comenzó a mediados de la década de los setenta, probablemente al tiempo que iniciaba sus estudios de Medicina y Cirugía Genéral en la Universidad de San Sebastián. Su primera cinta fue un cortometraje de escasas pretensiones, "El Ciego" a la que siguieron un corto basado en un relato de Hichcock y otro inspirado en los poemas de Antonio Machado. Los reconocimientos empezaron a llegar con "Patas en la cabeza" (1985) con el que logra el Premio de Cine Vasco en el Certamen Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao. Después vendría "Las seis en punta", una reflexión sobre el paso del tiempo que ya comenzaba a definir las lineas argumentales y visuales del cine que le caracterizaría en un futuro. Por aquel entonces el joven médico, con su título bajo el brazo, ya había decidido que se dedicaría profesionalmente al cine y rodó el mediometraje Martín de la serie "7huellas7", producido por Elias Querejeta para TVE.

El "cine de Médem" (suyo, personal) dio sus primeros pasos en el largometraje con Vacas (1992) y a los bolígrafos de los críticos acudía principalmente un palabra: originalidad. La complicada escenografía visual de su "opera prima" provocó admiración y estupefacción a partes iguales. Por el camino, el realizador donostiarra ganó un Goya al mejor director novel, lo que aseguró la producción de un largometraje que ya andaba dando vueltas por su cabeza: La ardilla roja, la tragicómica historia de una pareja sin pasado, que avanza a tumbos, de mentira en mentira,

Tristán Ulloa en Lucía y el sexoGracias a La ardilla roja, Médem ganó sobre todo reconocimiento a nivel nacional e internacional. Su arriesgada propuesta cinematográfica, su personal lucha con el cine, comenzaba ahora a tomar solidez, siguiendo las líneas esbozadas en Vacas. Sólo un elemento seguía dando quebraderos de cabeza al realizador donostiarra: el público. Fue el propio Médem quien, durante la presentación de la película expresaba abiertamente su temor a que ni este filme ni su cine fuesen comprendidos por amplios sectores de la audiencia. De hecho, tras el estreno de La ardilla, sus películas fueron inmediatamente catalogadas de "minoritarias", una especie de film d´art con pocas posibilidades comerciales. Sin embargo, La ardilla roja sólo fue un pequeño aviso de lo que aún faltaba por llegar: el cine de Médem sería complejo, adulto, vital o no sería.

   

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