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"Sí,
estoy ciertamente harto de que me pregunten por el significado
de mis películas. Es mejor no saber demasiado acerca de
lo que las cosas quieren decir, sino el espectador no podrá
dejar que los eventos se desarrollen en la pantalla. La psicología
destruye el misterio, ese plus de calidad mágica. Con seguridad
ese misterio puede ser explicado racionalmente, en base a ciertas
neurosis, puede ser nombrado y definido, pero entonces se pierde
la posibilidad de vivir una experienca mas extensa, casi infinita".
Son las palabras que, desde hace ya más de veinte años,
repite una y otra vez un cansado David Lynch. El pasado festival
de Cannes, tras la proyección de su último filme,
Mulholland Drive, un periodista indignado protestaba: "Explíquese,
señor Lynch". El realizador encogió los hombros:
"¿por qué no se toma la molestia de explicárselo
usted mismo?".
Y la verdad es que el cine de David Lynch no tiene
explicación sencilla: una abigarrada combinación
de elementos oníricos y frustraciones psicológicas
que traspasan con frecuencia la línea de lo sobrenatural,
sugiriendo estados mentales perturbados, desequilibrios profundos.
Un cóctel difícil de digerir para un buen número
de espectadores y críticos, que claman contra su obra.
"Creo que la gente entiende mis películas mucho más
de lo que dice, lo que ocurre es que no confía en sus propios
mecanismos de conocimiento, Nos hemos acostumbrado a que nos cuenten
la historia, la escuchamos en actitud pasiva y saltamos a la siguiente.
Pero la intuición no descansa nunca y es un gran recurso
cinematográfico".
En contra de lo que muchos piensan, la vida de
David Lynch no es presa de las manías psicóticas
de las que hacen gala sus personajes. Tres matrimonios, dos hijos
y una profunda fascinación por todo lo que tenga que ver
con la meca del cine le convierten en un personaje nada polémico
en el extraño universo de Hollywood. "De hecho creo
que soy un tipo bastante aburrido. Durante ocho años he
almorzado en el mismo sitio, un pequeño local de Los Angeles".
Ingresó
en la escuela de arte Corcoran de Washington a los 17 años,
decidido a imitar la vida de su ídolo, el pintor expresionista
Oscar Kokoschka. De hecho, Lynch siempre se ha considerado a sí
mismo un pintor, aunque en los últimos tiempos quita importancia
a su actividad como artista gráfico: "Mis cuadros
no importan a nadie. Entro en la categoría de 'famosos
que pintan".
Su acercamiento al cine se produce a finales de
los sesenta, mientras estudia en la Academia de Bellas Artes de
Pennsylvania. Precisamente, las oscuras y deprimentes calles de
Philadelphia, junto a las tribulaciones que le provocaba su inminente
paternidad, inspiraron su primer largometraje: Cabeza Borradora,
una apuesta que meditó durante cinco años. Pero
la extrema rareza del filme hizo imposible su estreno comercial
y la película pasó directamente a las salas de serie
B, donde se convirtió en una cinta de culto casi de forma
inmediata.
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