Texto: David Montero
Fotos: Archivo

 

 

Un director inclasificable

Takeshi Kitano regresa a nuestras pantallas con Dolls, un drama coral inspirado en el teatro de títeres tradicional de Japón

Beat Takeshi en su nueva película BrotherPero dice un popular refrán japones que la serpiente es tan inteligente que nunca se deja atrapar y en 1991 Kitano sorprende a todos con A scene at the sea, un cambio radical con respecto a los postulados temáticos y estéticos que el cineasta había planteado en sus filmes anteriores. La película cuenta la historia de un recogedor de basura que trata de aprender a hacer surf; nada de sangre, ni criminales. A partir de aquí, el afán del realizador por romper las expectativas que genera se convierte en una auténtica obsesión.

Un yakuza de éxito

El filme que le lanzó a la fama internacional fue Sonatine (1993). Una nueva incursión dentro del mundo de los bajos fondos personalizada en Murakawa, un gangster interpretado por el mismo Kitano, que, de repente, tiene la premonición de su propia muerte, por lo que decide esconderse con sus hombres en un lugar apartado. Una reflexión sobre la imposibilidad de escapar al destino (tema recurrente en su filmografía) que constituye para muchos la mejor película del realizador. Después vendrían títulos como Getting Any? (1995) y Kid´s Return (1996).

Pero, indudablemente, su éxito más sonado llega con Hanna-Bi. Flores de Fuego (1997). Un título, el único hasta la fecha, que combina el lirismo poético que Kitano apuntó en A scene at the sea con las constantes de su cine más negro para obtener una película personal, que contiene las inquietudes estéticas y éticas más profundas de su director. De hecho, Kitano tenía otro proyecto en mente tras rodar Kid´s Return, pero un accidente gravísimo de motocicleta le dió el último vuelco que necesitaba su carrera y le puso por delante esta bella historia de un policía retirado que acepta trabajar para la mafia japonesa para pagar el viaje de su esposa, enferma terminal, a las laderas del Fujiyama.

La lista de premios de la cinta es larga como un brazo: León de Oro en el Festival de Venecia, y galardones en los Estados Unidos, Rusia, Brasil, Reino Unido, Francia y, por supuesto, Japón. Desde ese momento, Takeshi Kitano pasaba a ser el cineasta japones más reconocido de finales de los noventa.

Sin embargo, Kitano no había terminado de ajustar cuentas consigo mismo. Tras el boom internacional muchas voces le recordaron en Japón sus inicios como payaso televisivo. Quizás para responderles, el cineasta ahondó en sus recuerdos y encontró El verano de Kikujiro (1998). En este tierno filme, dedicado a su padre, Beat Takeshi no pierde la esencia de su personaje. El gesto hierático y la impasibilidad del yakuza resentido siguen ahí, pero apenas intervienen en la acción y se limitan a observar una vida que recuerda en exceso a la suya propia: sus inquietudes cuando niño, su gusto por el humor surrealista y la inocencia pura que mantienen todos los inicios. La película se estrenó con éxito de crítica y, algo menos, de público en multitud de países.

Tras el regreso al más puro estilo Violent Cop que supuso la violenta Brother (2000), Kitano vuelve a huir de su sombra en Dolls, un drama coral construido en torno a tres historias de amor inmortal inspiradas en el teatro tradicional japonés de las muñecas Bunraku. A medio camino entre el lirismo y la violencia extrema, entre la sensibilidad y la amoralidad, Takeshi Kitano sigue levantando su singular filmografía, que le convierte en uno de los directores más interesantes e inclasificables del cine mundial.

   

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