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Pero
dice un popular refrán japones que la serpiente es tan
inteligente que nunca se deja atrapar y en 1991 Kitano sorprende
a todos con A scene at the sea, un cambio radical con respecto
a los postulados temáticos y estéticos que el cineasta
había planteado en sus filmes anteriores. La película
cuenta la historia de un recogedor de basura que trata de aprender
a hacer surf; nada de sangre, ni criminales. A partir de aquí,
el afán del realizador por romper las expectativas que
genera se convierte en una auténtica obsesión.
Un yakuza de éxito
El filme que le lanzó a la fama internacional
fue Sonatine (1993). Una nueva incursión dentro
del mundo de los bajos fondos personalizada en Murakawa, un gangster
interpretado por el mismo Kitano, que, de repente, tiene la premonición
de su propia muerte, por lo que decide esconderse con sus hombres
en un lugar apartado. Una reflexión sobre la imposibilidad
de escapar al destino (tema recurrente en su filmografía)
que constituye para muchos la mejor película del realizador.
Después vendrían títulos como Getting
Any? (1995) y Kid´s Return (1996).
Pero, indudablemente, su éxito más
sonado llega con Hanna-Bi. Flores de Fuego (1997).
Un título, el único hasta la fecha, que combina
el lirismo poético que Kitano apuntó en A scene
at the sea con las constantes de su cine más negro
para obtener una película personal, que contiene las inquietudes
estéticas y éticas más profundas de su director.
De hecho, Kitano tenía otro proyecto en mente tras rodar
Kid´s Return, pero un accidente gravísimo
de motocicleta le dió el último vuelco que necesitaba
su carrera y le puso por delante esta bella historia de un policía
retirado que acepta trabajar para la mafia japonesa para pagar
el viaje de su esposa, enferma terminal, a las laderas del Fujiyama.
La lista de premios de la cinta es larga como un
brazo: León de Oro en el Festival de Venecia, y galardones
en los Estados Unidos, Rusia, Brasil, Reino Unido, Francia y,
por supuesto, Japón. Desde ese momento, Takeshi Kitano
pasaba a ser el cineasta japones más reconocido de finales
de los noventa.
Sin embargo, Kitano no había terminado de
ajustar cuentas consigo mismo. Tras el boom internacional muchas
voces le recordaron en Japón sus inicios como payaso televisivo.
Quizás para responderles, el cineasta ahondó en
sus recuerdos y encontró El verano de Kikujiro (1998).
En este tierno filme, dedicado a su padre, Beat Takeshi no pierde
la esencia de su personaje. El gesto hierático y la impasibilidad
del yakuza resentido siguen ahí, pero apenas intervienen
en la acción y se limitan a observar una vida que recuerda
en exceso a la suya propia: sus inquietudes cuando niño,
su gusto por el humor surrealista y la inocencia pura que mantienen
todos los inicios. La película se estrenó con éxito
de crítica y, algo menos, de público en multitud
de países.
Tras el regreso al más puro estilo Violent
Cop que supuso la violenta Brother (2000), Kitano vuelve
a huir de su sombra en Dolls, un drama coral construido
en torno a tres historias de amor inmortal inspiradas en el teatro
tradicional japonés de las muñecas Bunraku. A medio camino
entre el lirismo y la violencia extrema, entre la sensibilidad
y la amoralidad, Takeshi Kitano sigue levantando su singular filmografía,
que le convierte en uno de los directores más interesantes
e inclasificables del cine mundial.
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