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A
pesar de ser la respuesta a una serie de hechos políticos concretos,
en la génesis de El gran dictador late una inquietante
casualidad, una historia mínima y prácticamente desconocida. Una
noche de 1935, mientras Chaplin cenaba con unos amigos en su casa
de California, el fotógrafo Alexander Korda hizo notar al grupo,
entre risas, el parecido físico que existía entre el cómico y
el canciller alemán Adolf Hitler. Chaplin sonrió divertido, sin
dar importancia a la broma e incluso hizo una pequeña parodia,
remedando las formas amenazantes del Führer; sin embargo íntimamente
quedó conmovido. Conocía a Hitler y había criticado en público
varias veces la postura antisemita que le había llevado al poder.
¿Qué podía tener él en común con un hombre así? Más tarde, Chaplin
averiguó que las semejanzas con el dictador en ciernes no se limitaban
al bigote recortado: ambos habían nacido con apenas una semana
de diferencia, en familias pobres, medían y pesaban prácticamente
lo mismo y, por si fuera poco, Hitler había tenido fuertes inclinaciones
artísticas, hasta el punto de que se interesó por la política
sólo tras dos intentos fallidos de ingresar en la Escuela de Bellas
Artes de Viena.
Tres años más tarde, en 1938, Chaplin sabía aún
mucho más sobre Adolf Hitler, dada la evolución del panorama político
internacional. Mientras el dictador alemán, se preparaba abiertamente
para extender por Europa la ideología nacionalsocialista, en los
Estados Unidos el director de Candilejas tenía problemas
de todo tipo. Críticos, productores y directores le habían vuelto
la espalda tras el estreno de Tiempos Modernos (1936),
acusando al cineasta y actor de exhibir ideas comunistas en la
pantalla. Además, el público no había acogido bien la cinta, poco
acostumbrado ya a la exageración del mudo en unos años
en los que el cine sonoro estaba en pleno funcionamiento.
Por ello, ante la expectación general, Chaplin
anunció que su próxima película sería hablada, aunque se negó
en redondo a dar explicaciones sobre el guión del filme. Fueron
muchos los rumores que aparecieron en prensa durante las semanas
siguientes, desde una adaptación cómica de "Hamlet" a una película
pensada para el lucimiento de su chica, Paulette Goddard. Sin
embargo, la mente del cineasta estaba en las penalidades que atravesaban
los judíos alemanes, recluidos en "ghettos", humillados por el
régimen nazi y discriminados por la radicalización política de
Adolf Hitler.
Desde
el comentario de Korda, Chaplin había leído mucho sobre el Führer
y le percibía secretamente como su opuesto, como el ejemplo vivo
de la corrupción del espíritu humano y como una seria amenaza
para la democracia. La noticia de que Chaplin preparaba una sátira
contra Hitler corrió como la pólvora, encendiendo aún más los
ánimos entre los conservadores norteamericanos, que se esforzaban
en mantener al país neutral ante los sucesos europeos. Las amenazas
de muerte no tardaron en aparecer.
Sin embargo, Chaplin permanece completamente aislado
y finaliza el guión en el otoño de 1939. Un día después
de la declaración de la Segunda Guerra Mundial, el 5 de septiembre,
comienza el rodaje de El gran dictador, que durará un total
de ciento setenta y siete días, hasta el 9 de marzo. Durante ese
periodo, Alemania inicia gestiones diplomáticas para detener la
filmación, primero a través del cónsul alemán en Hollywood, Georg
Gyssling, y después utilizando al embajador nazi en Washington,
Dieckhoff. La amenaza es muy seria, ya que el régimen de Hitler
hace saber a los Estados Unidos que, si la película sigue
adelante, eso podría implicar a la prohibición total de las películas
americanas en Alemania y en el resto de países bajo su influencia.
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