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De
Joan Crawford, como de todas las auténticas estrellas de
cine, se decían demasiadas cosas, aunque casi nunca buenas.
En Hollywood tan sólo sus fans, a los que respondía
personalmente, guardaron un buen recuerdo de ella. Por ejemplo,
siempre tuvo mala fama entre sus directores, que rápidamente
la catalogaron de caprichosa e insufrible. Tampoco era querida
entre sus compañeros, algunos de los cuales guardaban para
ella un odio encarnizado. Sus manías ocuparon durante años
bastante espacio en el papel couché de Hollywood,
insistiendo, constantemente en su obsesión enfermiza por
la limpieza, hasta el punto de decir de ella que se lavaba nerviosamente
las manos cada cinco minutos o que tan sólo fumaba el primero
de los cigarros que componían un paquete. Ni tan siquiera
su muerte estuvo libre de escándalo. Según se cuenta,
mientras agonizaba, sus últimas palabras fueron para reprender
a su criada, que estaba rezando en voz alta: "¡Máldita
sea! No te atrevas a pedirle a Dios que me ayude".
Sin embargo, a pesar del temporal, todo el mundo
acudía a la Crawford cuando había que dar un ejemplo
de lo que era una estrella de cine. "No importa lo mal que
me cayese: es una estrella", aseguró Humphrey Bogart.
"No había que decirlo, lo sentías. No se puede
emplear otra palabra para definirla", señaló
en su día Henry Fonda. "La palabra que me venía
a la cabeza al verla era glamour y eso tiene que ver con
la amabilidad en cualquier situación, con la vitalidad
y con el trabajo duro" apuntaba James Stewart. En el sentido
amplio de la palabra era una estrella.
Lucille
Fay LeSuer (su nombre verdadero) nació en San Antonio,
Texas, en la primavera de 1904 para asistir a la separación
de sus padres, que habían tenido un matrimonio bastante
tempestuoso. A los dieciséis años, tras varios empleos
de poca monta, abandonó su casa para unirse a un coro de
Chicago con el que recorrió Estados Unidos hasta quedarse
en Hollywood para probar suerte. Allí cambió su
nombre por el de Joan Crawford y, rápidamente, consiguió
un papel protagonista en Our dancing daughters, un drama
musical que le proporcionó un contrato con la Metro Goldwyn
Mayer.
Al contrario que para muchos compañeros,
el paso al sonoro no supuso un problema para Joan, de voz potente
y habilidades para el canto. Su primer filme hablado fue Untamed,
un éxito que mejoró considerablemente el "status"
de la Crawford en la Metro. Ella no defraudó esa confianza
y durante varios años grabó títulos de éxito
para el estudio: Gran Hotel (1932), Sadie McKee
(1934), No more ladies (1935) o Love on the run
(1936) fueron algunos de ellos. Pero la situación empeoró
en la década de los cuarenta y Joan Crawford se vió
obligada a abandonar la Metro y fichar por la Warner. El motivo
era Mildred Pierce, una película de la Warner que
la actriz quería interpretar por encima de todo. No se
equivocó: Mildred Pierce fue un éxito y la
interpretación de la Crawford le valió el único
Oscar de su carrera.
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