Texto: David Montero
Fotos: Archivo

 


 

 



Starlett

Se cumplen 25 años de la desaparición de Joan Crawford, auténtica encarnación de lo que Hollywood entiende como una estrella

Joan Crawford en una inquietante escenaDe Joan Crawford, como de todas las auténticas estrellas de cine, se decían demasiadas cosas, aunque casi nunca buenas. En Hollywood tan sólo sus fans, a los que respondía personalmente, guardaron un buen recuerdo de ella. Por ejemplo, siempre tuvo mala fama entre sus directores, que rápidamente la catalogaron de caprichosa e insufrible. Tampoco era querida entre sus compañeros, algunos de los cuales guardaban para ella un odio encarnizado. Sus manías ocuparon durante años bastante espacio en el papel couché de Hollywood, insistiendo, constantemente en su obsesión enfermiza por la limpieza, hasta el punto de decir de ella que se lavaba nerviosamente las manos cada cinco minutos o que tan sólo fumaba el primero de los cigarros que componían un paquete. Ni tan siquiera su muerte estuvo libre de escándalo. Según se cuenta, mientras agonizaba, sus últimas palabras fueron para reprender a su criada, que estaba rezando en voz alta: "¡Máldita sea! No te atrevas a pedirle a Dios que me ayude".

Sin embargo, a pesar del temporal, todo el mundo acudía a la Crawford cuando había que dar un ejemplo de lo que era una estrella de cine. "No importa lo mal que me cayese: es una estrella", aseguró Humphrey Bogart. "No había que decirlo, lo sentías. No se puede emplear otra palabra para definirla", señaló en su día Henry Fonda. "La palabra que me venía a la cabeza al verla era glamour y eso tiene que ver con la amabilidad en cualquier situación, con la vitalidad y con el trabajo duro" apuntaba James Stewart. En el sentido amplio de la palabra era una estrella.

Junto a Clark GableLucille Fay LeSuer (su nombre verdadero) nació en San Antonio, Texas, en la primavera de 1904 para asistir a la separación de sus padres, que habían tenido un matrimonio bastante tempestuoso. A los dieciséis años, tras varios empleos de poca monta, abandonó su casa para unirse a un coro de Chicago con el que recorrió Estados Unidos hasta quedarse en Hollywood para probar suerte. Allí cambió su nombre por el de Joan Crawford y, rápidamente, consiguió un papel protagonista en Our dancing daughters, un drama musical que le proporcionó un contrato con la Metro Goldwyn Mayer.

Al contrario que para muchos compañeros, el paso al sonoro no supuso un problema para Joan, de voz potente y habilidades para el canto. Su primer filme hablado fue Untamed, un éxito que mejoró considerablemente el "status" de la Crawford en la Metro. Ella no defraudó esa confianza y durante varios años grabó títulos de éxito para el estudio: Gran Hotel (1932), Sadie McKee (1934), No more ladies (1935) o Love on the run (1936) fueron algunos de ellos. Pero la situación empeoró en la década de los cuarenta y Joan Crawford se vió obligada a abandonar la Metro y fichar por la Warner. El motivo era Mildred Pierce, una película de la Warner que la actriz quería interpretar por encima de todo. No se equivocó: Mildred Pierce fue un éxito y la interpretación de la Crawford le valió el único Oscar de su carrera.

   

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