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Al éxito de Mildred Pierce siguió
el mejor periodo de la carrera de Joan Crawford, con dos nominaciones
como mejor actriz en un breve lapso de tiempo. La primera de ellas
llegó en 1947, con su papel de Louis Graham en Possesed
de Chris Bernhardt; sin embargo la estatuilla se la arrebató
Loretta Young. Después, en 1952, tampoco pudo ser, a pesar
de que partía como favorita con su interpretación
en Sudden Fear, un thriller intrigante dirigido por David
Miller. Pero la buena racha se fue apagando y en los diez años
que siguieron la Crawford se vio relegada a papeles menores, condenada
sin remisión a ser una estrella antigua, ajada y pasada
de moda.
Del
ostracismo la rescató Robert Aldrich, que decidió
unirla a su rival Bette Davis para rodar ¿Qué
le ocurrió a Baby Jane? en 1962. La relación
entre Crawford y Davis era más que tensa y estalló
durante la filmación. "Joan se ha tirado a todas las
estrellas masculinas de la Metro con la única excepción
de Lassie", aseguró Bette Davis sobre su colega. La
Crawford contraatacó con sobriedad, afirmando que la Davis
no tenía el más mínimo talento interpretativo,
"si le quitamos los ojos saltones, el manido cigarrillo y
los gestos estereotipados, no sé qué le queda".
A pesar de esto, o quizás por esto, la película
fue un éxito, y devolvió a ambas un reflejo pasajero
de la gloria que habían disfrutado en años anteriores.
La Crawford aprovechó este último
espasmo de su carrera para interpretar una tanda de películas
de terror serie B, en su mayor parte dirigida por William Castle.
"Realmente me arrepiento de aquellos filmes, pero, en su
momento, tuve muchas esperanzas, sobre todo con Strait-Jacket.
Incluso pensé que El circo del horror podía
ser buena, pero luego ha resultado de las peores del lote",
declaró la actriz tras sur retirada. Lo último que
hizo fue trabajar con un jovencísimo Steven Spielberg,
que la escogió personalmente para rodar el episodio piloto
de la serie "Night Galleries". Después, tras
contemplar largo una horrorosa fotografía suya que se había
publicado en una revista del corazón, Joan Crawford tomó
la decisión de abandonar la escena y no volver a aparecer
públicamente.
Sin embargo, el escándalo que suele acompañar
a las grandes estrellas, y que ella cultivaba con terquedad y
nostalgia, la llevó a una dura lucha con su hija adoptiva,
Christina, que publicó en los años ochenta "Mommy
Dearest", un alegato que dibujaba a la Crawford como una estrella
egoista y cruel. Tras interminables litigios, Christina se quedó
sin herencia y la imagen de su madre acabó por los suelos.
Ciertamente sus últmos años los pasó entre
las brumas del vodka, sola en un apartamento de Nueva York y aquejada
de un severo cáncer de pulmón.
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