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La
última película del realizador vasco Álex de la Iglesia, 800
balas, nació de una visita al pueblo almeriense de Tabernas
junto al guionista Jorge Guerricaecheverría. Una vez allí, los
dos conocieron a un grupo de especialistas que sobrevivían en
"Mini Hollywood", el escenario donde se rodaron westerns
míticos en la década de los sesenta y que ahora apenas visitan
algunos turistas despistados. Tras un rato conversando con ellos,
descubrieron que, para estos especialistas, Clint Eastwood era
poco menos que Dios. "Aquí aún huele a Clint", repetían con insistencia,
entre carcajadas y codazos.
Casi cuarenta años han pasado desde que Clint Eastwood
rodase en Almería a las órdenes del italiano Sergio Leone sus
primeras películas, pero no es extraño que cualquiera que ame
el western se sienta en deuda con el actor estadounidense.
El inesperado éxito que obtuvieron en todo el mundo Por un
puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El
bueno, el feo y el malo lograron insuflar cierta vida a un
género que comenzaba a estar seriamente amenazado. La imagen de
Eastwood en estas películas, tocado con un poncho, luciendo un
raído sombrero y un puro a medio fumar entre los labios, devolvió
a los espectadores un reflejo de la inimitable personalidad de
JohnWayne. Hasta ese instante pocos habían oído hablar de este
actor de rasgos marcados, gesto adusto y pequeños e intensos ojos,
pero, tan sólo estas películas, le sirvieron para convertirse
en la exacta encarnación del vaquero duro e impasible. También
en Estados Unidos exhibió su imagen de cow-boy en títulos
como Cometieron dos errores, La leyenda de la ciudad
sin nombre, Dos mulas y una mujer, Joe Kidd
e Infierno de cobardes.
Pero Eastwood no se quedó ahí. De forma natural,
a las primeras de cambio, había logrado una conexión más profunda
con el público norteamericano, que veía bajo sus personajes una
especie de honestidad sin tacha que, combinada con ciertas dosis
de justa violencia, tan bien representaba el ideal norteamericano
imperante en la guerra fría.
Contando
con el favor de la audiencia no fue difícil probar otros géneros
como el cine bélico o el policiaco. Títulos como El seductor,
El desafío de las águilas o Los violentos de Kelly,
junto a Telly Savallas y Donald Sutherland, pronto se convirtieron
en clásicos del cine de guerra. Sin embargo, lo que le daría a
Clint Eastwood su calibre definitivo sería el personaje de Harry
el Sucio, un policía sin demasiados escrúpulos, a quien la Ley
se le queda pequeña en su lucha diaria contra el crimen. La película
se estrenó en 1971, en medio de cierta polémica por sus
altas dosis de violencia, y hasta la fecha tiene tres secuelas.
El éxito de Harry
el Sucio no logró ocultar el debut de Eastwood como
director ese mismo año con el thriller pasional
Escalofrío en la noche. Su objetivo era aprender
todo lo relacionado con el cine, de forma que se apresuró
a fundar también su propia compañía productora,
desde la que ha respaldado enomómicamente todos sus proyectos.
En el colmo de la versatilidad, Eastwood se atrevió incluso
a componer canciones que más tarde utilizó en películas
como Bronco Billy o la misma Sin perdón.
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