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Aunque empezó en el cine como actor cuando
era un adolescente, interpretando papeles secundarios en westerns
de la década de los 10, Borzage pronto descubrió
su vocación por la dirección. Ya en 1920 bajo la
producción de Cosmopolitan Pictures, la empresa de William
Randolph Hearst, obtuvo su primer gran éxito, Humoresque.
No
obstante, su periodo más prolífico desde el punto
de vista creativo se encuentra en la transición entre el
cine mudo y el sonoro. En 1927 rodó una de sus películas
más memorables, El séptimo cielo, un melodrama
protagonizado por Janet Gaynor y Charles Farrell que le valió
ganar el primer Oscar al mejor director jamás concedido.
Al igual que sucede en Adiós a las armas
(1932), otro de sus filmes más destacados, en El
séptimo cielo la Primera Guerra Mundial es apenas el
trasfondo de la historia, un elemento accesorio, mientras que
lo esencial es la relación entre Gaynor y Farrel en una
y Helen Hayes y Gary Cooper en la otra
Junto a Janet Gaynor y Charles Farrell, Frank Borzage
rodó otras dos películas en la época muda,
El ángel de la calle (1928) y Estrellas dichosas (1929),
ambas muy populares en su momento. Ya en el sonoro, hizo películas
como Nuevos ricos caprichosos (1929), vehículo de
lucimiento de Will Rogers, Liliom (1930), Bad Girl (1931),
que le reportó su segundo Oscar al mejor director, y Secretos,
la última película de Mary Pickford.
Su magia se extendió a lo largo de la década
de los 30 con películas tan reseñables como Fueros
humanos, Deseo y Tres camaradas. Sin embargo,
a lo largo de los 40 su carrera se fue apagando progresivamente
conforme sus películas comenzaron a resultar demasiado
ingenuas para el público de la época. A finales
de los 50 rodó sus dos últimas películas,
China Doll, una producción de John Wayne, y El
gran pescador, una película propiciada por la Disney
sobre el apóstol San Pedro.
En cualquier caso, aunque para algunos las películas
de Frank Borzage estén desfasadas hoy en día por
su excesivo idealismo y su tendencia al happy end, de lo
que no cabe duda es de que su tenacidad creativa le convierte
en uno de los pocos artistas auténticos de la época
dorada de Hollywood. Sólo así se comprende la admiración
que por el sentían personajes tan dispares como los surrealistas,
Samuel Fuller, Joseph Von Sternberg o Marcel Carné, entre otros.
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