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"Los críticos menosprecian el
melodrama y lo consideran entretenimiento barato. Pero
no se dan cuenta de que la vida en buena medida se compone de
melodramas".
Frank Borzage
A pesar de la indudable trascendencia de su aportación
al mundo del celuloide, la figura del director Frank Borzage ha
sido con frecuencia ignorada e incluso atacada por algunos estudiosos
del séptimo arte. No así por otros muchos, como
George Sadoul, que le consideraba a la altura de John Ford, Howard
Hawks o King Vidor, o Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon,
que también le incluían hace unos años en
su particular olimpo de directores del Hollywood clásico.
En
todo caso, resulta evidente que su filmografía hoy por
hoy es bastante menos conocida que la de algunos de sus coetáneos;
quizá por eso toma especial relevancia el ciclo sobre Franz
Borzage que ha preparado, a modo de desagravio, la 49 edición
del Festival de San Sebastián en colaboración con
la Filmoteca Española.
Pocos directores de la era dorada del Hollywood
de los estudios supieron como él construir una trayectoria
vertebrada por una idea común, un planteamiento que reaparece
obsesivamente a lo largo de su filmografía. Para Borzage,
el amor es una fuerza cósmica, lo único que da sentido
a las vidas de sus personajes.
Este planteamiento metafísico se refleja
en la práctica totalidad de los largometrajes que dirigió,
hasta el punto de motivar en algunos casos bruscos giros de guión
y desenlaces improbables. Y es que, quizá influido por
su ascendencia masónica y su contacto con la religión
mormona en la juventud, Frank Borzage no dudaba en anteponer sus
convicciones morales a la función básica de entretenimiento
que tradicionalmente se ha otorgado al cine en Hollywood.
De este modo, la estructura narrativa en la que
dos personajes se conocen, se enamoran, se pelean y consiguen
reconciliarse tras mucho esfuerzo se convierte casi en su sello
autorial. Incluso algunos estudiosos sostienen que su oposición
al fascismo, tema al que dedicó varias películas
en los 30 y los 40, no es tanto política como metafísica:
Borzage consideraba al Nazismo como enemigo del amor, por cuanto
que pretendía sustituir este sentimiento por un paternalismo
nacionalista.
De hecho, su visión romántica sobre
el amor es también la base de su principal aportación
al desarrollo del lenguaje cinematográfico: el uso libre
y frecuente en las escenas amorosas del "soft focus",
efecto logrado a través de una serie de filtros que dan
a la imagen una apariencia ligeramente desenfocada, como modo
de idealizar los sentimientos. Una técnica, derivada de
la pintura renacentista, que aún se observa en muchas películas
hoy en día.
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