Otto, de Bruce la Bruce, llega a Sitges
El romance vampírico infantil de Let the Good Right in destaca del resto
Sergio Vargas
En Sitges la
densidad de homosexuales y de zombis es mayor que en casi cualquier
otro punto de la península. No había mejor sitio, pues, para que Bruce
la Bruce presentase al primer zombi gay de la historia del cine. Su
película Otto; or Up with Dead People
(incluida en la sección Noves Visions – Ficción, que cuenta con
numerosos títulos de bastante mejor calidad que la sección oficial
a concurso, dicho sea de paso) ha sido una de las más celebradas hasta
el momento en esta cuadragésimoprimera edición. Un film experimental
pero que a su vez parodia al propio cine experimental, y que combina
sin ningún tipo de pudor comedia, gore, porno gay y cine mudo al más
puro estilo de los años veinte con una banda sonora también de lo
más variopinta en un brillante ejercicio estilístico que ha cautivado
a todo el público, independientemente de su orientación sexual.
The Broken,
de Sean Ellis, es una propuesta que recoge elementos de varios films
del género de terror, desde Doppleganger
hasta La invasión de los ladrones de cuerpos
pasando por Reflejos (películas que probablemente Sean Ellis
no ha visto, y a lo mejor haría bien en descubrir y tal vez se daría
cuenta donde falla la suya), y los integra en una narración gratuita,
torpe, confusa y tramposa que puede mantener al espectador con cierto
interés al comienzo pero que termina convirtiéndose en un auténtico
despropósito de los que hacen replantearse si no sería mejor haber
empleado el tiempo en otra cosa.
La mejor película
de la sección oficial a competición junto con Vynian es, para
el que esto suscribe, Let the Right One in. Su director, el sueco
Tomas Alfredson nos embarca en la aventura de un niño que se enamora
de su nueva vecina, una niña que aparenta su edad, pero que en realidad
es una vampiresa desde tiempos inmemoriales. La historia de amor-amistad
está narrada con una conmovedora delicadeza a la que contribuyen muy
mucho las excelentes interpretaciones de los dos jóvenes protagonistas.
El drama de los personajes cala hondo a pesar de la frialdad intrínseca
a la mayoría de las narraciones provenientes de estas latitudes, y
se complementa con alguna que otra parte sangrienta que ayuda a dar
empaque al notable resultado final.
Las otras dos
películas a concurso que he visto estos últimos días han sido dos
propuestas irregulares por diversas razones, pero ambas muy interesantes
a su manera. Tokyo! es un film compuesto por tres capítulos
dirigidos respectivamente por Michel Gondry, Léos Carax y Bong Joon-ho,
cuyo único nexo de unión es que se desarrollan en la ciudad que da
título al proyecto. Particularmente me gustan más el de Léos Carax
(una delirante y divertida historia sobre un extraño terrorista surgido
de las alcantarillas) y el de Gondry (sobre una pareja de costras que
se aprovechan de una amiga que les aloja al trasladarse a la ciudad;
narrado con su habitual imaginación aunque sin demasiados excesos)
El de Bong Joon-ho, al que por supuesto no le falta calidad, es la historia
de un hikikomori (gente que se encierra en su casa y no sale jamás)
que sale de casa para descubrir que todo el Japón se ha rendido al
síndrome, y a pesar de que ha sido el favorito para muchos, a mí no
me ha aportado gran cosa. La otra es The Chaser, un estimable
thriller coreano sobre un ex-detective metido a proxeneta que transcurre
prácticamente en tiempo real y que está narrada con un gran sentido
del ritmo a pesar de que el último tramo no resulta tan vibrante como
su excelente primera hora y media, que no es poco.
Ritmo es precisamente
lo que le falta, o le sobra, no lo tengo muy claro, al primer trabajo
como director de Charlie Kaufman. Synechdoche, New York
es, como no podía ser de otra forma, un excelente ejercicio de guión
del responsable de los libretos de Olvídate de mí
y Como ser John Malkovich, repleto de buenas ideas y en el que
lo que parece comenzar con unos divertidos apuntes sobre la hipocondría
termina derivando en una obra compleja, pesimista y existencialista
que gira (y gira y gira y gira, y aquí el problema) alrededor de la
muerte y el sentido de la vida.
En un nuevo
retorno a oriente es donde he podido encontrar una de las películas
más divertidas del festival. Se trata de Dachimawa Lee, film
coreano que parodia al cine de espías con un humor absurdo cercano
al slapstick al estilo de Austin Powers, por ejemplo,
y con un excelente diseño de producción que poco tiene que envidiar
a la última de Kim Jee-won, sin ir más lejos. También desde oriente,
y esta vez me refiero a Japón, pude ver el remake de La fortaleza
escondida de Akira Kurosawa. Hidden Fortress: The
Lost Princess es una divertida y desprejuiciada comedia de aventuras
con unos personajes muy bien definidos e interpretados que bebe lo justo
de su predecesora, y aunque no llegue ni a la altura del betún de los
zapatos de aquella se deja ver con agrado.
Que es mucho
más de lo que puede decirse de mi primer y me temo que penúltimo acercamiento
a la sección de animación (mañana toca Idiots & Angels
de Bill Plympton) con Genius Party, una muy irregular selección
de cortometrajes a cargo de siete realizadores japoneses entre los que
destacan el primero (cuyo título no recuerdo, pero que habla de un
niño que encuentra una especie de lápiz mágico que viene del espacio,
y que hace realidad todo lo que dibuja) y el último (Baby Blue,
el emotivo viaje de dos adolescentes que se despedirán al día siguiente
para no verse nunca más), con otros cuatro bastante flojos, uno de
ellos, cuyos título y director prefiero no recordar es sencillamente
insufrible. El público aplaudió a rabiar contento de que hubiese terminado
el citado segmento. A punto de acabar el festival, volveremos con los
últimos visionados y el palmarés.
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