Dos westerns atípicos destacan en la sección oficial
Martyrs, de Pascal Laugier, un estreno con mucho ruido y pocas nueces
Sergio Vargas
Siendo Sitges
un festival orientado fundamentalmente al cine fantástico y de ciencia-ficción
es destacable que en los últimos días hayamos podido ver dos films
encasillables en el western, pero todo encaja mucho mejor si decimos
que no son para nada westerns al uso. The Good, the Bad and the Weird,
la última película de Kim Jee-woon, es un muy particular homenaje
a El bueno, el feo y el malo
pero ubicado en la Manchuria de los años 30 y con el envoltorio de
una muy divertida comedia de acción. Rodada de forma espectacular,
desde el asalto al tren inicial hasta el duelo al sol y a tres bandas
del desenlace, es un auténtico espectáculo visual y sonoro con un
excepcional empleo del color que cuenta con la participación de Song
Kang-ho, el protagonista de The Host, que entrega una interpretación
delirante en el papel de “el raro”.
El otro western
es The Burrowers, que sí encaja mucho mejor dentro de las temáticas
habituales del festival. La desaparición de una familia supuestamente
secuestrada por los indios y la persecución encabezada por el novio
de una de las raptadas que remite directamente a Centauros del desierto
pero que plantea un sorprendente giro que la deslocaliza del western
en el que a priori se ubica es una curiosa mezcla de géneros que combina,
como apuntaba el director JT Petty antes del comienzo, vaqueros y monstruos,
y que difícilmente podría encajar en otro tipo de festival.
Una de las
películas más esperadas, Martyrs, del francés Pascal Laugier,
no resultó ni tan provocadora ni tan exageradamente violenta como se
presentaba a priori. Y la película empieza muy bien, con una primera
hora de metraje intensa y muy sangrienta y salvaje, sí, pero nada que
no se haya visto antes, y después incluye una media hora de tortura
gratuita y continuada, más aburrida que otra cosa, que echa por tierra
el continuo fluir de emociones del comienzo en el vacío más absoluto.
Mucho más interesantes fueron las otras dos propuestas que nos entregó
estos días la sección oficial a concurso: Red
y Eden Lake. En la primera, codirigida por Lucky McKee (May),
Brian Cox emprende una cruzada contra los adolescentes que matan impunemente
a su perro. Red cuenta con un excelente guión a pesar de alguna
pequeña concesión (relativas al personaje de la periodista) y está
narrada con una sobriedad que cuesta ver hoy en día, caldeándose el
asunto poco a poco hasta el esperado estallido final. La segunda es
una buena muestra de survival horror
que se desarrolla en las inmediaciones de una urbanización anexa a
un lago, donde una pareja de novios sufre una auténtica odisea intentando
huir de unos jóvenes desatados y desalmados, siendo una de las más
celebradas por el público.
Dentro de la
sección Seven Chances pudo verse Chelsea on the rocks, un documental
de Abel Ferrara que presentó el crítico Marcus Keuschnigg y que contó
con la presencia del director en el coloquio posterior. Consiste en
una serie de entrevistas a diversos personajes que habitaron durante
más o menos tiempo en el mítico hotel, y que, aparte de aburrida,
resulta una propuesta plana cinematográficamente hablando donde las
recreaciones de las vivencias de Sid Vicious, Janis Joplin, etc… resultan
lo menos interesante principalmente debido a unas nefastas interpretaciones.
Pude también
ver God’s Puzzle, la otra película de Takashi Miike
aparte de Crows-Zero que se presentaba en el festival, una sorprendente
propuesta que comienza en un tono de comedia ligera y termina lidiando
con el destino del universo. Así es Miike, siempre sorprende de una
u otra forma.
La primera
de las sesiones sorpresa (que poco tienen de sorpresa; la segunda será
el sábado: Ponyo de Hayao Miyazaki) fue Trick or Treat,
cuatro historias de miedo desarrolladas en Halloween, al más puro estilo
Creepshow pero narradas paralelamente, con pequeñas intersecciones
entre ellas que dan una mayor sensación de conjunto. Aunque escasamente
visceral resulta un divertido entretenimiento sin mayores pretensiones.
Y por fin he
visto en pantalla grande Southland Tales, una visión preapocalíptica
de Los Angeles a cargo de Richard Kelly, el director de Donnie Darko,
con The Rock y Sarah Michelle Gellar en los papeles estelares. Audiovisualmente
fascinante, Southland Tales
es un musical de ciencia-ficción que no es musical y cuya ficción
no es superada por poco por la realidad aunque ponga los pelos como
escarpias en más de una ocasión. En un par de días seguimos.
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