Festival de Gijón: cine surreal y demoledor
En la muestra se han podido disfrutar de algunos títulos que, partiendo de historias cotidianas, consiguen mediante la exageración un tono irreal y hasta terrorífico
Penélope Coronado
Una de las
maneras de enfrentarse a lo real es por el lado de la exageración y
de la hipérbole. Partiendo de un suceso cotidiano, éste se torna irreal,
generalmente cómico, en el momento en que se le aplica la matemática
de sacar los hechos de quicio, esperpetizándolos. Esto es lo que ocurre
en Cargo 200, film del ruso Alexey Balabanov, que narra una historia
basada en hechos reales y precisamente por eso difícil de creer.
Cargo 200, de Alexey Balabanov
Con una estética
completamente demodé, textura y puesta en escena de los años ochenta
–la historia ocurre un año antes de la Perestroika–, el film alude
a un acto macabro que se origina una noche inhóspita y anómala. Primeramente,
se nos narra el percance que sufre con su coche un catedrático de Ateísmo,
socorrido por una extraña familia que parece sacada de Las colinas
tienen ojos. En paralelo, un joven seduce a una muchacha en un baile
y, por culpa del alcohol –éste es un elemento muy presente, y define
a los personajes más malogrados–, acaban en la granja de esta familia
formada por un marido de conversación vehemente y excesiva afición
al vodka, un esclavo vietnamita, una mujer que asume trabajo y cordura,
y un siniestro individuo con aspecto de no cuerdo.
Este personaje
inicialmente silencioso copa el protagonismo de la segunda parte de
la película, donde se define como auténtico psicópata: sus motivos
se desconocen –quizá esto sea lo más inquietante del filme: no saber
por qué comete tales vejaciones–, pero secuestra a la joven y la
somete a crueldades físicas y psicológicas, sutiles, rebuscadas y
hasta ingeniosas –véase el momento en que, con el cuerpo del finado
novio al lado, lee las cartas que aquél la escribiera desde el frente–.
El film, a pesar del mal trago, revela desde una estética exagerada
y bizarra los inescrutables caminos de la crueldad humana.
Stone
people, de Leonid Rybakov (co)
Destacar también
de Rusia el cortometraje Stone people, de Leonid Rybakov. Un
falso documental que, empleando las pautas del género nos plantea una
posibilidad que, aunque imposible, podría ser perfectamente posible.
Cuando llueve en Moscú, se realizan descargas aéreas de hormigón
para que durante los desfiles en la plaza Roja el cielo esté despejado;
las consecuencias para la población rural: malas cosechas, malas digestiones
y problemas dentales al masticar coles de piedra. Su tono naïf, que
deja al espectador sacar sus propias conclusiones, es lo mejor de esta
película de 19 minutos.
Import/Export,
de Ulrich Seidl
También dentro
del film-esperpento, se ha podido ver en Gijón el último trabajo del
austriaco Ulrich Seidl, Import/Export. En su ya conocida línea
de humor frío como un puñetazo, Seidl cruza dos historias de exiliados.
De un lado, una ucraniana que aterriza en un asilo de Viena donde trabaja
de limpiadora, aunque acabará siendo modelo porno en internet; del
otro, un occidental que emigra a Ucrania donde ejercerá de reparador
de máquinas tragaperras. La imagen, como ocurre en otros trabajos –véase
Dog days, Models o Jesús, you know–, juega un papel capital
en la película; en este caso la fotografía la firma Edward Lanchman
(Lejos del cielo, Ken Park, Las vírgenes suicidas).
Juno,
de Jason Reitman
Juno,
de Jason Reitman, es otro ejemplo de cine que juega con la exageración,
con toda naturalidad. Su principal elemento es el humor –la película
es ante todo divertidísima–, un poco a la manera de la nueva comedia
americana abanderada por Judd Apatow –el punto de arranque es además
un embarazo, como ocurre en la recientemente estrenada Lío embarazoso–,
pero con cierto regusto al cómic –los títulos de crédito remiten
a la viñeta– , y por supuesto al género teenager, esta vez
marcianizado por el carácter peculiar y excéntrico de sus personajes:
una jovencita (Ellen Page) inteligentemente precoz y contestona, preñada
por un simplón e hipotético novio (Michael Cera, hace poco le vimos
en Supersalidos); más una familia compuesta por un abnegado
padre y una comprensiva madrastra, papeles que bordan J.K Simmons (el
poco escrupuloso redactor jefe de Spiderman) y Allison Janney
(sacrificada jefa de prensa en la serie El ala oeste de la Casablanca).
Con el embarazo llegó el escándalo
y a la protagonista no se le ocurre otra cosa que, a pesar de sufrir
la mofa adolescente y el chaparrón familiar, tener el bebé para darlo
en adopción a la pareja perfecta que interpretan Jennifer Garner y
Jason Bateman. Un film que desprende ritmo –una acertada música orquesta
la película–, concebido para el disfrute de cada secuencia –algunos
diálogos son para enmarcarlos– y que bien podría ser hermana de
Election de Alexander Payne o Ghost World de Terry Zwigoff.
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