Festival de Gijón: cine cargado de nuevas propuestas
La muestra está siendo el laboratorio donde conocer hacia qué derroteros, entre el documento y la ficción, nos lleva el cine reciente
Penélope Coronado
Quizás la
cualidad que diferencie a las últimas propuestas cinematográficas
de interés sea su desvinculación con el concepto fidelidad: fidelidad
a un género inamovible, a un estilo autoral pre-existente, a una realidad
sobre cuyos hechos basarse. Los ejemplos más llamativos del cine reciente
demuestran que se requiere una reinvención de los términos género,
autoría y realidad a retratar. Existe, claro, fidelidad a aquello que
se desea contar y en qué forma, pero sin rendir pleitesía a cánones
y formatos ya vistos.
En este contexto,
cobra especial importancia la opción que toma el cineasta respecto
de la realidad y sus fronteras. El cine, al margen del obvio estancamiento
creativo –mayormente en fenómenos globales–, está siendo el lugar,
el punto de encuentro a través del cual reflexionar sobre la mirada,
la mirada que ficciona, recrea, hace crónica, trasciende, reinventa,
exagera la realidad o la niega e –incluso– nos hace dudar de ella.
Gijón, su
45 festival, ha sido el laboratorio donde conocer hacia qué derroteros
nos lleva el reciente cine, entre el documento y la ficción, con ejemplos
de cine infiel al realismo y nuevas vueltas de tuerca a los géneros,
demostrando que éstos no tienen por qué ser genéricos ni la realidad
algo forzosamente vinculado al verismo.
Realidad
recreada: Joe Strummer: The future is unwritten, de Julien
Temple
Siguiendo la
senda del documental musical que ya abordara –caso de Glastombury
o de otros trabajos sobre Blur, Scissor sisters o David Bowie–, Julien
Temple compone en Joe Strummer: The future is unwritten una crónica
en torno a la trayectoria y personalidad de Joe Strummer, líder del
grupo The clash.
Tomando un
vasto material de archivo –buena parte de él desconocido, y políticamente
incorrecto la mayor parte de las veces: drogas y rock subversivo–,
Temple recrea exhaustivamente la vida de un artista difícil, contestatario
y sobrepasado, en un momento dado, por el éxito. A la biografía en
torno a la innata personalidad del cantante, se suman momentos de entrevistas
en fogatas –al final de su carrera al cantante le fascinó el mundo
de las raves y el hacer comunidad en torno a hogueras–, donde quienes
le conocieron transmiten sus experiencias: como en todo documental de
esta clase, algunas personalidades dan su testimonio, en este caso Bono,
Martin Scorsese, Steve Buscemi, Jim Jarmusch o Johnny Deep. En definitiva,
no hay nada que objetar a esta película, ni tampoco nada nuevo que
añadir.
Realidad
reinventada: La France, de Serge Bozon
El punto de
partida no es desconocido: una mujer, en una época eminentemente masculina,
decide vestirse de hombre para hacerse pasar por soldado y encontrar
a su marido en tiempos de guerra. El contexto es 1917, la Gran Guerra,
los franceses luchan exhaustos en el frente. Ante la carta grosera y
nihilista de su marido –rompiendo sin más el matrimonio–, la joven
enamorada escapa de casa, uniéndose a una troupe de soldados con quienes
convivirá el cansancio y sinrazón de la guerra de trincheras, y por
extensión la deserción.
Hasta aquí,
La France es la recreación del backstage de la guerra, al estilo
descriptivo galo –de alguna manera se palpa el mismo pesimismo respecto
a la primera gran contienda global que, por ejemplo, Bertrand Tavernier
describiera en Capitán Conan–. Pero. A los cuarenta minutos,
el film se reinventa y deja de ser sólo lo que es. Algo ocurre en la
pantalla, y al surgir unos rudimentarios instrumentos musicales la película
torna en un musical pastoril donde los soldados maltrechos cantan una
suerte de romances, que algunos han venido a comparar con los Beach
boys. Destaca sobre todo su sencillez, su humor mínimo y la manera
de abordar los personajes, ennobleciéndolos a pesar de su condición
desertora.
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