Viaje a Darjeeling abre el 45 Festival de Gijón
El nuevo trabajo de Wes Anderson lleva a La India a Adrien Brody, Owen Wilson y Jason Schwartzman
Penélope Coronado
Gijón vuelve
a la carga. La ciudad asturiana consolida su certamen avalando un programa
que da cabida a cinematografías inusuales, excéntricas, inconformistas,
minoritarias. Su óptica al margen de lo comercial se demuestra con
secciones paralelas dedicadas a cineastas como Shinya Tsukamoto, Danielle
Arbid, Pawel Pawlikowski Anne Biller o Carlos Reygadas. A través de
la sección Universo Media, Poéticas del cine, se hace hueco a nuevas
formas audiovisuales como las que proponen Alain Cavalier, Isaki Lacuesta
o Richard Linklater. La sección Enfants terribles es la que reinvindica
algunos ejemplos de cine para los más jóvenes. También un repaso
por el devenir del Nuevo Cine Alemán desde Wenders, Herzog o Fassbinder.
En definitiva, un osado estilo que se manifiesta, además de en la imaginería
de sus carteles y prospectos, en su apuesta por la música: muchas sesiones
vienen precedidas por el repertorio de un dj pinchando en la propia
sala, y el apartado Desorden y concierto incluye títulos relacionados
con gentes de la música, además de un cartel paralelo de conciertos
en directo.
La Sección
Oficial del certamen gijonés abrió con el último trabajo del cineasta
Wes Anderson, Viaje a Darjeeling. El contexto: una gala de inauguración presentada por
el gamberro y ocurrente monologuista Javier Veiga, es decir, chistes
políticamente incorrectos, chanzas en torno a los jurados asistentes
–Hal Hartley entre ellos–, y un especial homenaje, impensable en
otros ámbitos, al recientemente fallecido Fernando Fernán Gómez:
el presentador gallego instó al público a recitar al unísono el conocido
aforismo “a la mierda” del actor, escritor y académico.
La nueva aventura
cinematográfica de Wes Anderson comienza con un cortometraje, "Hotel
Chevalier", protagonizado por Natalie Portman y Jason Schwartzman,
el actor que interpretara al precoz y peculiar escolar de Academia
Rushmore, también de Anderson. Esta primera parte es un breve relato
de amor que transcurre en un hotel de París y que sirve, servirá,
para circunscribir la historia de Jack, el pequeño y más sensible
de la triada de hermanos Whitman.
La segunda
parte, lo que sería ya el film propiamente dicho, arranca con un hombre
de negocios –interpretado por Bill Murray– que pierde un tren. De
él no sabremos nada más. Quien sí consigue coger ese tren es Peter
–Adrien Brody–, el hermano mediano de los Whitman, aficionado a
apropiarse de las gafas de sol y cinturones de los demás. Los tres
hermanos se reúnen en este tren con motivo de un viaje de expiación
por la India, a instancias de Francis –un Owen Wilson con la cara
noqueada y siempre bajo vendas–. El objetivo es encontrar a la madre.
De nuevo Anderson
vuelve a circunscribir su historia en un excéntrico entramado familiar,
esta vez más reducido que el que veíamos en Los Tennenbaum.
Aquí el padre ha muerto –seguramente la secuencia alusiva al funeral,
y que lo elude, sea la más hilarante de la película– y la madre,
de nuevo Angelica Huston en el papel de alma mater, ha descubierto su
vocación ejerciendo de monja en una congregación de la India.
Los tres hermanos,
su idiosincrasia, recurrencias y ademanes, son la clave de la película.
Ellos, y los no menos pintorescos personajes episódicos: un revisor
de tren desconfiado, una exótica azafata que sirve zumo de lima, las
hospitalarias gentes de un pueblo recóndito. Las interpretaciones de
los tres actores y su fisonomía –también la manera que tiene Anderson
de definirles con prendas de vestir: las gafas de sol de Peter, el albornoz
amarillo yema de Jack, el juego de maletas con las siglas J.L.W., diseñadas
exclusivamente para la película–, son el film en sí mismo.
Definitivamente
el trío de actores demuestra tener la fisonomía apropiada para un
film de Anderson: ellos llenan la pantalla con sus rostros angulosos
y narices prominentemente descriptivas –véanse las de estos tres
más las de Stiller, Murray, Hackman o Luke Wilson–, ellas seducen
con su dulzura y un cierto toque oscuro –caso de Gwynwth Paltrow y
la susodicha Natalie Portman–, o poseen el rostro recio y plagado
de experiencias de Angelica Huston. La película es, en resumen, puro
disfrute, sobre todo para quienes empatizamos con historias disparatadas
y fuera de lo corriente.
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