El cine implicado de Loach y Dror Shaul sube el listón de la Sección Oficial
Dos propuestas muy distintas,En un mundo libre, de Ken Loach, y la israelí Adama Meshuga’at, mejoraron bastante la hasta ahora pobre Sección Oficial
Juan Antonio Bermúdez
El mejor Loach regresó al Sevilla Festival
de Cine (donde ya presentó hace dos años Sólo un beso) con
una película sencilla y directa en la que continúa su demoledora radiografía
de los conflictos sociales contemporáneos.
Siempre me pareció más convincente
el Loach de argumentos británicos (Riff-Raff, Lloviendo
piedras, Felices dieciséis…) que ese otro Loach exótico
o épico que asoma en películas también meritorias como
La canción de Carla o El viento que agita la cebada.
En un mundo libre, mucho más
cerca de lo primero, hurga en tres de las heridas por las que más sangran
las clases obreras contemporáneas: la desideologización, la precariedad
y la absoluta indefensión del nuevo lumpen que sufre los mayores abusos:
los trabajadores inmigrantes.
La inteligencia del planteamiento de
Loach (y de su guionista habitual, Paul Laverty, que compareció en
rueda de prensa junto a las dos actrices protagonistas, Kierston Wareing
y Julliet Ellis) está en explicar con detalles sutiles y muy creíbles
la perversa maquinaria de un sistema mantenido gracias al canibalismo
entre pequeños trabajadores que para subsistir deben convertirse en
cómplices de sus injusticias.
En un registro muy distinto, Adama
Meshuga’at, del debutante (en el largo) Dror Shaul, plantea un
asunto también comprometido en su contexto, el lado oscuro de los Kibbutz,
uno de los mitos de la cultura israelí, que sobre todo en los años
70 (época de ambientación de la película) fascinaban a buena parte
de la izquierda europea como fórmulas alternativas de organización
colectiva.
Con un guión muy clásico y utilizando
el recurso casi siempre resultón de narrar la historia desde la mirada
de un niño, Adama Meshuga’at discurre de forma muy fluida
sobre la comedia y la tragedia, gracias también a una dosificación
emocional muy propia de la publicidad (de donde procede su director)
y a unas interpretaciones principales y secundarias muy destacables.
Quizá no llegue a entrar en el palmarés del festival, porque probablemente
veamos películas más originales y llamativas, pero es un título que
merecería alcanzar las carteleras españolas.
Por su parte, la italiana Mi hermano
es hijo único, de Danielle Luchetti, que viene precedida por un
cierto éxito en su país (donde ha conseguido cuatro David di Donatello,
el equivalente al Goya) se planta en el riquísimo legado del cine político
italiano con una historia que avanza a fuerza de traspiés caricaturescos
por un desfiladero del que sale indemne con un concluyente salto mortal
que es lo mejor y lo más emocionante.
Se cierne sobre todo el metraje la sombra
de Nanni Moretti (con el que Luchetti ha colaborado en algunas películas),
pero Mi hermano es hijo único no resulta tan fresca ni tan cercana
como cualquiera de las obras del maniático director barbudo, aunque
comparta con ellas algunos tics y la tendencia a la exageración. Y
tampoco su parodia política, basada en las fanáticas excentricidades
de la ultraizquierda y la ultraderecha en la Italia provinciana de los
años 60, alcanza la lucidez de otras propuestas emparentadas y recientes
como Caterina va a Roma (Paolo Virzi, 2003).
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