Seminci 2006. Tiempo de historia: pequeña evaluación documental del mundo
Seminci 2006. Tiempo de historia: pequeña evaluación documental del mundo
Penélope Coronado
Dieciocho largometrajes
y dos cortos han formado parte de la sección Tiempo de historia, un
apartado de Seminci dedicado al género documental que cada año reflexiona
sobre hechos o conflictos o injusticias o historias reales, auténticas.
En esta 51 edición, las propuestas han girado en torno a cómo es la
industria alimentaria europea (El pan nuestro de cada día, de
Nikolaus Geyrhalter), los intríngulis sobre cómo funciona la calificación
de películas en Hollywood (Esta película aún no está calificada,
Kirby Dick), el testimonio de un médico con diagnóstico A.M.S. (atrofia
sistémica múltiple), y su lucha por una vida y muerte dignas (Las
alas de la vida, de Antoni P. Canet), un recorrido por el pasado
y presente de Argentina, sus abusos e injusticias (Bialet Massé,
un siglo después, de Sergio Iglesias), la historia de la escultora
norteamericana Judith Scott, sordomuda y con síndrome de Down (¿Qué
tienes debajo del sombrero?, de Lola Barrera e Iñaki Peñafiel),
entre otras.
Además, esta
sección paralela contaba este año con la presencia del benefactor
del documental, aunque él prefiera llamarlo simplemente películas,
Elías Querejeta. Su factoría del cine que retrata realidades presentaba
Goodbye América, una película de Sergio Oskman, guión de Carlos
Muguiro, que llevaba cinco años construyéndose y que fue evolucionando
al tiempo que Al Lewis se extinguía. Goodbye America es el backstage
del que fuera mítico abuelo de la familia Monster. Un tipo que desgraciadamente
no pisa ya la faz de la tierra, para placer de políticos –magnífica
la anécdota Kissinger, ese asesino quiero decir–; pero nos queda
el testamento fílmico de este contestatario magnífico y sin pelos
en la lengua, que se aprovecha cómicamente de su faceta de popular
abuelo al estilo Drácula. Sosteniendo constantemente un puro, en lo
que dura una sesión de maquillaje –Oskman deja a sus personajes hacer,
no desdeña los silencios, espera a filmar cada gesto–, Lewis rememora
(es prodigiosa la memoria de este abuelo de más de noventa años) las
partes de su vida que tuvieron que ver con la vida política de los
Estados Unidos. Sorprende que haya gente que, sin ser Michael Moore
–ni practicar sus argucias–, tenga tanto coraje para llamar las
cosas por su nombre, en directo desde la Estación Central de Nueva
York; sorprende descubrir esta faceta humana y comprometida de alguien
que en el imaginario colectivo era simplemente un personaje de la televisión.
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