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Semana Internacional de Cine 2006: El año del cine devaluado

La muestra vallisoletana ha presentado en su 51 edición un programa oficial que ha resultado cuestionable e inconexo

Penélope Coronado

A priori, por cómo es su programación, protocolo y repercusión, puede intuirse en qué estado de salud se encuentra un festival. Visto lo visto, cada vez repartiéndose la tarta más cantidad y calidad –e ingenio– de festivales de toda clase de cine en nuestra península e islas, llamando bastante la atención algunos certámenes todavía jóvenes pero que hacen ruido (estoy pensando en Gijón, en el BAFF, en Documenta Madrid), tal vez pueda llegarse a la conclusión que 51 años no convierten necesariamente a Seminci en el segundo festival –por cronología, San Sebastián le lleva tres años de ventaja– más relevante de este país.

Éste es el séptimo año que visito Seminci, siempre he reivindicado de este festival la manera de elegir un cine comprometido, periférico, a veces inencontrable –hablo de cuando internet no era la principal sala de distribución y exhibición–; aquí han concursado películas que tenían algo que decir (y pienso en Kandahar, en Nadie sabe, en Dogville), concursan los cortos, en Seminci daban cancha a los documentales en aquella época en que no estaban tan de moda menos al acceso de las salas comerciales (se me ocurre un documental de Fernando Leon de Aranoa, Caminantes, que no se llegó a distribuir comercialmente), Seminci apostó –mal que les pese a muchos– por Campanela, abrían o cerraban von Triers, Allens, Egoyams, los Dardenne, dentro o fuera de concurso estaban Lost in translation, 2046, Bin Jip o Va Savoir.

Pero. A Seminci 2006 le ha faltado el glamour –me refiero al fílmico, el otro nunca lo ostentó, sus estrellas siempre ha sido celebridades pero de otra manera– que hubo en otras ediciones. Lo más relevante este año era una simulación de la reina de Inglaterra y Tony Blair en torno a las circunstancias que rodearon la inesperada muerte de Diana Spencer (The queen, de Stephen Frears), la historia coral, íntima, rohmeriana y madrileña de Felipe Vega (Mujeres en el parque), los cinco episodios optimistas del director de las desoptimistas La otra América, El polvorín o Cómo Harry se convirtió en árbol (Optimisti, de Goran Paskaljevic), un pseudothriller dramático cuyo único interés es Laura Linney (Jindabyne, de Ray Lawrence, responsable de Lantana); más otras tantas propuestas cuestionables e inconexas (¡Qué sea rock!, de Sebastián Schindel, un documental sobre esta música en Argentina, An incontinient truth, de Davis Guggenheim, que habla de los efectos del calentamiento global y de la trayectoria del ex vicepresidente Al Gore, Cath a fire, de Philip Noyce, encabeza el reparto Tim Robbins o Derecho de familia, de Daniel Burman, nuevamente la cotidianeidad argentina de El abrazo partido), que han rellenado un programa cuestionable e inconexo.

Abrió Azur y Asmat, un film animado e infantil de Michelot Ocelot. Cierra Once in a Lifetime: The extraordinary story of the New York Cosmos, de Paul Crowder y y John Dower, film que documenta el furor repentino que Nueva York sintió en 1977 por el fútbol y por Pelé. Más o menos a eso se ha reducido la Sección Oficial de Seminci. Otro cantar han sido los ciclos, la siempre necesaria sección tiempo de historia, algunos films a destacar, el palmarés.

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