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Una imagen de The Fountain

 Una imagen de The Fountain

Alfonso Cuarón y Darren Aronofsky decepcionan en la Mostra de Venecia

El realizador malayo Tsai Ming-Liang conmueve con su estilizada visión del amor en el filme I Don't Want to Sleep Alone

Carlos Leal

La participación estadounidense en la 63 Mostra de Venecia sufrió un serio revés tras la entrada en concurso de dos de las películas más esperadas, Children of Men de Alfonso Cuarón y The Fountain de Darren Aronofsky. Tanto una como otra resultaron finalmente insatisfactorias, aunque de formas muy distintas. Children of Men es una película de ciencia ficción distópica ambientada en un futuro en el que las mujeres han perdido la capacidad de dar a luz. Basada en una novela de P.D. James, la película de Alfonso Cuarón apenas explota el poder simbólico de la metáfora inicial y pronto toma los caminos de la acción más rutinaria. Cierto es que la realización, con un tono cercano al documental, es bastante estimable, y que Cuarón no abusa de los efectos de montaje ni de las imágenes digitales, algo de agradecer; sin embargo, haciendo balance el conjunto resulta un tanto pobre en el marco de un festival como este.

También había despertado grandes expectativas The Fountain, el regreso a la dirección del estadounidense Darren Aronofsky seis años después de Requiem por un sueño. En este caso, se trata de una producción muy ambiciosa y excesiva, que mezcla tres líneas narrativas diferentes (una ambientada en la conquista de América, otra en la actualidad y otra en un mítico planeta maya) para poner en pie un argumento un tanto confuso en torno a la asunción de la propia mortalidad. La película contiene significativos logros en el campo visual, donde Aronofsky cambia la estética hip-hop de Requiem for a Dream por una composición más sosegada, y los efectos especiales, obtenidos mediante microfotografía, son particularmente brillantes. Sin embargo, en el plano narrativo The Fountain resulta muy farragosa y el mensaje metafísico se pierde en un mar de incomprensión. Tímidos aplausos y algunos abucheos acompañaron su proyección a la prensa en esta Mostra.

Más suerte tuvo Tsai Ming-Liang con I Don't Want to Sleep Alone, un bello drama que supone el regreso del cineasta a su Malasia natal. Con una anécdota argumental mínima (la historia de un vagabundo chino acogido por un joven de Bangladesh en un colchón hallado en la calle), Ming-Liang lleva al límite la estilización estética de su cine en un filme compuesto de largos planos fijos, que prescinde casi por completo de los diálogos y que está surcado por una hermosa banda sonora compuesta por canciones tradicionales orientales que puntuan la acción. El nuevo trabajo del director de Goodbye Dragon Inn apunta alto.

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