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Una imagen de Syndromes and a Century

 Una imagen de Syndromes and a Century

BAFF 2007: empatía hacia el cine asiático

Por noveno año consecutivo, el Festival de Cine Asiático trae a Barcelona lo mejor de las cinematografías orientales

Penélope Coronado

China o la predominancia de un nombre: Jia Zhangke

China en este BAFF 2007 tiene un nombre propio: Jia Zhangke. Además de proyectarse en sección paralela Platform y su debut Pickpocket, en Asian Selection –sección no competitiva donde se expone lo más sobresaliente llegado de Asia– se presentó Still life, filme que obtuvo el León de Oro en el pasado Festival de Venecia (para asombro de la crítica más cascuda, y pasmo del gobierno chino: el filme narra una incongruencia política que no ha debido de sentar demasiado bien entre las autoridades).

Still life vuelve a traernos al Zhangke sosegado y sutil denunciante de injusticias, su punto de vista profundizador en conflictos sociales y humanos, mundiales y mundanos, casi siempre tristes. Si en The word (BAFF 2005) componía un fresco coral en torno a un absurdo parque temático, esta vez se desplaza hasta la región donde se lleva a cabo una labor complicada: la de convertir al río Yangtsé en una gran presa, y en consecuencia desahuciar a los de por sí desahuciados habitantes de un lugar que pronto va a ser sólo agua. Se trata de un filme de deconstrucción del paisaje y de las vidas, hay un acercamiento a dos historias, una bastante más poderosa que la otra, y hay sobre todo la captación pictórica de la ruina a través de unos edificios a punto de extinguirse, la película se recrea en filmar un escenario natural cuya ausencia es inminente: en este sentido, la poética del director se disfruta. El festival la adjetiva como “una obra mayor”, y es cierto.

China además ha sido Summer palace de Lou Ye, película que evoca una historia ligada a los acontecimientos de Tiananmen (el gobierno chino la vetó también por la profusión de escenas eróticas). Con algún que otro aire a Soñadores, el film de Ye ahonda en una relación amorosa que se desarrolla desde aquellos tiempos convulsivos hasta estos más adulterados, una apuesta lírica y de puesta en escena. También de China, The exam de Pu Jian, esta vez una apuesta por el realismo haciendo uso de un recurso muy viscontiano (véase La terra trema), emplear a actores no profesionales, a niños, para contar una historia –real, su forma es documental prácticamente– entorno a un examen que hay que aprobar.

Incluyo en este apartado las dos producciones chino-hongkonesas: After this our exile de Patrick Tam, montador de Election y de los Kar Wai Ashes of time y Days of being wild, que tras diecisiete años de su última película regresa con un film de relaciones entre un padre y un hijo en un entorno rural y como fuera del tiempo; y Getting home de Zhang Yang, film que pertenece al género road movie donde el objetivo es transportar a un muerto hasta el lugar donde ha de ser enterrado, en Getting home el director de La ducha y Spicy love soup nos narra una odisea por la China contemporánea, rural y llena de contradicciones, con difunto y encuentros de toda índole.

Japón o ¿cierta desoriginalidad de las fórmulas?

Lo digo entre interrogantes porque me cuesta asimilar que el país nipón, el que en otras ediciones nos sorprendió, nos subyugó con productos absolutamente rompedores y cotidianamente macabros (véase Rampo Noir, BAFF 2006, Nadie sabe de Kore-eda, BAFF 2005), además de otros clásicos (véase Café Lumiere de Hsiao-hsien, Princess Raccoon de Seijun Suzuki), se salde este año simplemente con piezas más o menos interesantes pero en absoluto definitivas o donde se intuya un punto de vista nuevo y no visto hasta ahora. Lo llegado este BAFF 2007 de estas islas ha sido: Life can be so wonderful de Osamu Minorikawa, film formalmente muy cercano a una posibilidad de videoarte más o menos afortunada, cinco episodios con pretensión de poéticos en la imagen y en la palabra; Sway de Miwa Nishikawa, un film que transcurre correcto, entre el drama familiar y el conflicto amoroso, hasta que los protagonistas atraviesan un puente colgante y todo desemboca en un pseudo thriller-drama-con-juicio; y M de Ryuichi Hiroki, un drama cuya protagonista es una ama de casa, por momentos Belle de Jour, cuya doble vida consiste en combinar sus quehaceres domésticos con la prostitución y el sadomasoquismo, su experiencia en sorf-porno le ha proporcionado al director japonés cierto bagaje.

Otras geografías e icebergs

De Taiwán y de Tailandia, los trabajos de dos autores cuya obra podría decirse tiene las cualidades de un iceberg. Tsai Ming-Liang, cuyos últimos films venían desarrollándose en una Taipei deshumanizante y hacinada –The hole (BAFF 2004), What time is it there? (BAFF 2001)– ha rodado esta vez en Kuala Lumpur I don´t want to sleep alone, nuevamente hablamos de un relato marcado por el entorno simbólico de un edificio, por las calles de una ciudad en nebulosa, nuevamente el protagonista es Lee Kang-Sheng, actor fetiche del director malayo.

El último trabajo de Apichatpong Weerasethakul, Sydromes and a century, lo anticipa el festival diciendo “bienvenidos al singular universo de uno de los cineastas más importantes y originales del siglo XXI”. Y en verdad que el cineasta tailandés despierta pasiones –tanto en el buen como en el mal sentido–. Después de Tropical malady, film que por su éxito en circuitos independientes consiguió estrenarse en salas comerciales, había expectación. Sydromes and a century es una película extraterrestre. El director crea efectivamente su universo personal a través de unos personajes inclasificables que se enfrentan a situaciones propensas al absurdo y a la rima –en un momento el film va a duplicarse–, a situaciones a veces simplemente raras (insuperable esa mujer médico tomando saque en el backstage de una consulta); el film se expresa a través de esta cotidianeidad marciana, también a través de su comicidad especial, entre idiota y profunda, y a través de un paisaje presente en toda la narración sobre un mundo exagerado –un monje quiere ser dj, un dentista coquetea con la canción melódica– y simple –los conflictos al final se encuentran en los detalles pequeños, en la punta del iceberg.

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