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Los idiotas

 Los idiotas

Bienaventurados los simples...

Junto a Thomas Vitenberg (Celebración) Lars Von Trier abrió en 1998 la fructífera senda de la escuela Dogma con Los idiotas

Alejandro del Pino

Dar rienda suelta a los instintos y recuperar la pureza sin artificios de lo primitivo es una vieja aspiración vital y artística de los sectores intelectuales más desencantados: desde ciertas tendencias de las vanguardias históricas de principios del siglo XX a la explosión punk en la Inglaterra de los 70, pasando por las derivas situacionistas del 68 francés o la emergencia de la generación beat en los EE.UU posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Con motivaciones, objetivos y postulados estéticos muy diferentes, todos estos movimientos han intentado cuestionar el orden establecido con un discurso provocador -a veces algo ingenuo y esquemático pero siempre profundamente vitalista- que trataba de desenmascarar las contradicciones, servidumbres y miserias de las sociedades desarrolladas.

En esta línea se inscribe Dogma 95, el polémico manifiesto que elaboró a mediados de la década de los 90 un grupo de cineastas daneses con la intención de "rescatar la esencia del cine y de extraer la verdad de personajes y situaciones". A través de un decálogo de obligatorio cumplimiento (aunque al final todos se lo saltaron en algún momento) que incluía "mandamientos" como la prohibición de utilizar luz artificial durante los rodajes o de que el nombre del director apareciera en los títulos de créditos, Dogma 95 instaba a hacer películas despojándolas de recursos técnicos, formales y narrativos que fueran superfluos para el desarrollo de la trama.

Más allá de la audacia publicitaria que supuso la difusión de este decálogo (el sello Dogma 95 se convirtió pronto en una especie de franquicia estilística a la que se apuntaron directores de diversos rincones del planeta), la gran aportación de este movimiento fue su efecto revulsivo en la escena cinematográfica internacional que parecía resignada a aceptar la dictadura del Mercado sin apenas ofrecer resistencia. Aunque siempre habrá quien piense que la auténtica intención de estos cineastas fue escalar posiciones en el reparto del pastel (algo que, por otra parte, la mayoría de ellos ha conseguido), es justo reconocer que al amparo de este manifiesto se han realizado algunas de las producciones más sugerentes del cine de la última década.

Lars Von Triers era el más conocido de estos directores y junto a Thomas Vitenberg (Celebración) abrió en 1998 la fructífera senda de la escuela Dogma con Los idiotas, una explosiva propuesta fílmica que narra las peripecias de un grupo de jóvenes de clase más o menos acomodada que intentan rebelarse contra el Sistema comportándose como retrasados mentales. En una especie de reivindicación delirante del mito del buen salvaje, este grupo de inquietos niños de papá conciben la idiotez como un estado mental que les permite liberarse de las ataduras morales e intelectuales que la sociedad ha ido imprimiendo en ellos a lo largo de los años.

Como si fuesen una secta de iluminados dionisiacos, viven en comuna en una casa de las afueras de la ciudad, donde guiados por Stoffer (Jens Albinus) tratan de perder la lucidez en desenfrenados ritos colectivos que la cámara de Lars Von Trier filma con crudeza. A ellos se les une Karen (Bodil Jorgensen), una mujer solitaria y reservada que, aunque al principio se muestra reticente, terminará siendo quien realmente dé sentido a la apología de la idiotez que propugnan los personajes de la película de Trier.

Lo curioso es que después de cinco años Los idiotas puede entenderse como una especie de ácida parábola del impulso diletante, transgresor y algo oportunista que engendró el movimiento Dogma (impulso que comparte con otros proyectos políticos y artísticos utópicos). A diferencia de la reciente Noviembre de Achero Mañas -una película con la que guarda ciertas similitudes formales (está estructurada a partir de una serie de entrevistas retrospectivas con los ex-miembros de la comuna) y temáticas (ambas nos acercan a un grupo de jóvenes rebeldes que tratan de poner patas arribas ciertas convenciones sociales)-, el director de Europa elude cualquier esquematismo ideológico y retrata a sus personajes con tanta fascinación como ironía.

De este modo, al tiempo que presenta sus "idioteces" colectivas como auténticos atentados irracionales contra la buena conciencia burguesa y social-demócrata, no oculta el lado frívolo y snob de su impostura nihilista. Paradoja que resulta especialmente hiriente en la escena en la que estos retrasados voluntarios se encuentran con un grupo de personas que padecen una disminución real de sus facultades intelectuales.

Al igual que los firmantes del manifiesto Dogma, los protagonistas de Los idiotas conciben su inmersión en la estupidez como un gesto subversivo que se burla de la sociedad burguesa y les permite recobrar la inocencia perdida. Pero visto desde fuera, sus provocativas performances no dejan ser gamberradas de niños bien en busca de sensaciones nuevas. Sólo la cándida y tímida Karen da un paso más allá y lleva la idiotez hasta sus últimas consecuencias. Un gesto valiente y rebelde que le emparenta con otros personajes femeninos de la filmografía de Trier: Bess (Emily Watson), la santa prostituta de Rompiendo las olas, Selma (Björk), la inocente asesina ciega de Bailando en la oscuridad, y Grace (Nicole Kidman), la enigmática mujer fugitiva de la recién estrenada Dogville.

En gran medida, la polémica que ha acompañado al film desde su estreno está motivada por la crudeza testimonial que utiliza Trier en determinadas escenas como la de la orgía (que incluye un primer plano de una penetración) o el encuentro final de Karen con su familia (en el que a Bodil Jorgensen se le cae la baba). En cualquier caso, Los idiotas -que llegó a ser censurada en Irlanda por su capacidad de desmoralizar y corromper a la población- ha sido una película tan admirada como denostada. Y mientras unos la ven como un divertimento provocador y superficial, para otros representa una arriesgada exploración formal y narrativa que logra epatar e inquietar a los espectadores con un mensaje paradójicamente lúcido.

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