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Marlon Brando, en Salvaje

 Marlon Brando, en Salvaje

El genio inescrutable

El actor Marlon Brando alcanzó el estrellato en el cine de Hollywood a lo largo de una carrera llena de altibajos

David Montero

Kioto, 1956; Marlon Brando vive desde hace un par de meses en un lujoso hotel de la tranquila ciudad japonesa. Allí rueda a las órdenes de Joshua Logan el filme Sayonara, mientras trata de escribir su primer guión y estudia tenazmente la cultura y la filosofía nipona. Está en la cima de su carrera. En esas condiciones espera hallarlo uno de los cronistas más certeros de nuestro tiempo, el escritor Truman Capote, con el que Brando había concertado un reportaje. Sin embargo, en los días previos a este encuentro las cosas cambian; el genial actor se tambalea, ahora ataca duramente al equipo de la película, a sus compañeros. Capote lo registra todo. Meses después aparece el reportaje y Brando monta en cólera.

Truman Capote retrató a Marlon Brando como un tipo desordenado, caótico, sentimental, voluble, sibarita, filósofo, confuso, egocéntrico, solitario, misterioso, indiferente, colérico, amable, infantil, desbordado por la fama... en definitiva: un intenso enigma, una ecuación irresoluble, un hombre diáfano e inescrutable al tiempo. Algo que se iba a reflejar posteriormente en una carrera cinematográfica caprichosa, discontinua y, sobre todo, genial.

Marlon Brando había nacido en Nebraska, en la primavera de 1924, pero a los dieciocho años emigró a Nueva York para estudiar interpretación en el Actor´s Studio bajo la tutela de Stella Adler, la afamada introductora del método de Stanislavsky en Estados Unidos. Pronto dio el salto a los escenarios de Broadway, donde triunfó gracias a su interpretación del vulgar, ignorante y brutal Stanley Kowalsky en el primer montaje de Un tranvía llamado deseo, de Tenesee Williams.

Su debut en la gran pantalla se produjo en 1950 con The Men, donde interpretaba a un militar paraplégico. Un año después retomó en la gran pantalla el personaje de Stanley Kowalsky en Un tranvía llamado Deseo, que le proporcionó la primera de las cuatro nominaciones consecutivas al Oscar que el actor cosechó durante el primer lustro de los cincuenta. En aquellos años realizó algunos de sus mejores trabajos: Viva Zapata!, de Elia Kazan; Julio César, donde interpretó a Marco Antonio; ¡Salvaje! y La ley del silencio, con la que, tras tres intentos, ganó al fin su primer Oscar. Brando había pasado de ser un auténtico desconocido a acumular tres nominaciones y un Oscar en tan sólo cinco años, convirtiéndose así en un auténtico mito de la pantalla, en el símbolo de una nueva forma de actuar frente a las cámaras.

Sin embargo, su carácter inestable, su tendencia a anticipar el fracaso, a protegerse de la presión, le impidieron asimilar el éxito, impulsándolo a escoger producciones que estaban abocadas al fracaso como Desiree o La casa de té de la luna de agosto, o bien filmes de poca monta como Reflections of a Golden Eye, Candy o La condesa de Hong Kong. Hubo que esperar hasta 1972 para volver a ver a Brando en un papel digno de su categoría, el de Don Vito Corleone en El padrino, que le proporcionó un nuevo Oscar a la mejor interpretación. A lo largo de los 70, El último tango en París, Superman y Apocalypse Now volvieron a colocarle en primera línea de Hollywood.

Pero para entonces a Brando había dejado de interesarle el cine. Tras desaparecer completamente de las pantallas en los años ochenta, el actor se vio obligado a regresar en los noventa en un cúmulo de producciones que no estaban a su altura. Películas como Don Juan de Marco, La Isla del Dr. Moreau o The Score fueron el canto de cisne de uno de los actores más brillantes que ha tenido el cine de Hollywood.

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