Secciones paralelas: Béla Tarr, Michel Hazanavicius
Películas como The Turin Horse o The Artist atrajeron buena parte de las miradas
David Montero
The Artist, de Michel Hazanavicius
La premisa de The Artist (Michel Hazanavicius) invita en partes iguales al entusiasmo y a la sospecha. La historia de una estrella de cine mudo, apartado de su profesión y de su vida por la llegada del sonoro. La novedad consiste en que el filme está rodado sin diálogo hablado, recurriendo a intertítulos. Se trata de elegir bien las palabras porque The Artist no es cine mudo o, al menos, no un ejemplo lucido de cine mudo. Las asociaciones visuales son escasas, a pesar de proporcionar los mejores momentos del filme: al principio, en la escena en la que el protagonista descubre que la chica está efectivamente enamorada de él. Además, la calidad metafórica del filme parece deliberadamente superficial. Tampoco se atreve The Artist a transitar un terreno
más claramente experimental mediante la utilización simultánea de modos de representación del mudo y del sonoro. La mención a Jean Dujardin es obligada, aunque más por el acierto del casting que por su interpretación, que se queda en aceptable. Al final por lo tanto gana por poco margen la sospecha y la sensación que deja la película es de dificultad muy estudiada, de ejercicio donde prima una originalidad que aporta poco. Artísticamente se entiende, ya que es posible que esta valentía calculada llegue a cuadrar bien con diferentes premios. Lo hará porque The Artist cumple los objetivos que se plantea y se queda en lo que pretende ser: un melodrama interesante y un ejercicio de difícil equilibrio.D.M.S.
The Turin Horse, de Béla Tarr
El húngaro Béla Tarr es un viejo conocido del Sevilla Festival de Cine Europeo, que ya dedicó una retrospectiva a su obra en el año 2006 y seleccionó su anterior trabajo, El hombre de Londres, para la sesión de clausura en 2007. The Turin Horse parte de una anécdota probablemente apócrifa (la caída en la locura del filósofo Friedrich Nietzsche tras contemplar cómo un cochero maltrataba a su caballo, particularmente testarudo) para construir una sobrecogedora reflexión en torno al fin del mundo que sería muy del gusto del filósofo alemán. A lo largo de dos horas y cuarenta minutos, Tarr retrata la vida cotidiana del cochero, su caballo y su hija con una precisión y minuciosidad que nos retrotrae al cine primitivo, en un filme sobrio y grave que supone además su despedida del mundo del cine. C.L.Z.
Abendland, de Nikolaus Geyrhalter
El conjunto de viñetas de no-ficción que componen Abendland (Nikolaus Geyrhalter, 2011) tienen como denominador común el trabajo nocturno en las sociedades desarrolladas. Vigilantes de terrenos, camareros, personal sanitario, policía, actrices pornográficas… La noche no parece ser más que una excusa temática y un motivo metafórico que apunta a la decadencia. La película tiende a centrarse en el trabajo como coreografía, como conjunto de acciones mecánicas y actitudes estudiadas. En sus mejores
momentos Abendland parece esbozar una reflexión sobre la creciente distancia entre el trabajo y su significado o sus consecuencias. Así, la asistente social se ve obligada a repetir al refugiado político las ventajas de regresar a su país, a pesar de estar amenazado, o el operario del crematorio realiza los movimientos calculados que le permiten realizar su trabajo con efectividad máxima. Es un tema que el cine de no-ficción alemán ya ha tratado de forma mucho más profundas en películas como Leben BRD (1990) de Harun Farocki. Sin embargo, y pese a todo, Abendland logra evitar el lugar común y supone una interesante aportación al escaso número de películas, de ficción o documentales, que tratan con esa tarea tan cotidiana y reveladora como ignorada: el trabajo. D.M.S.
Attenberg, de Athina Rachel Tsangari
Más conocida como productora de Giorgos Lanthimos (Canino), Athina Rachel Tsangari trae al Festival de Sevilla su segundo largometraje como directora, Attenberg. Al igual que las películas de Lanthimos, cuya Alps ha pasado también por la muestra sevillana, Attenberg juega la baza del desconcierto: indefinición genérica (bajo un tono general dramático se esconden momentos de comedia absurda de desigual efectividad), personajes alienados, sexo explícito y anticlimático... Con todo, el acercamiento de Tsangari resulta menos cerebral que el de Lanthimos. Al igual que los documentales de naturaleza de Richard Attemborough, cuyo nombre en griego macarrónico da título a la película, Tsangari siente verdadera fascinación y empatía por sus personajes: una peculiar joven que comienza a descubrir el mundo y a experimentar con el sexo, y su padre, que se despide de la vida a causa de un cáncer terminal. C.L.Z.
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