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"Cuando
el cine no es documento, es sueño.
Por eso Tarkovski es el más grande de todos"
Ingmar Bergman
La cámara
recorre lentamente en un plano detalle cenital el suelo encharcado
de una casa en ruinas donde han quedado esparcidos varios objetos
al azar: unas monedas, un icono... Un personaje declara ante una
especie de jurado formado por científicos en una estancia
que emula una oficina futurista, mientras de fondo se ve con toda
precisión un pájaro que se posa en la rama de un
árbol y un personaje que se sirve una taza de café.
El milagro del cine puro, sin claves previas que lo codifiquen,
fluye en el ritmo interior de estas secuencias de Stalker,
el último film que Andrei Tarkovski (Zavraje 1932 – París
1986) rodó en la antigua Unión Soviética,
y Solaris, su película que gozó de mayor
distribución internacional.
Por
qué más allá y más acá de cualquier
interpretación y valoración estética o técnica
que se pueda hacer sobre la obra de este cineasta inclasificable
queda la experiencia emocional del espectador, que tras ver las
películas de Tarkovski se siente desconcertado y desbordado
pero a la vez reconfortado (como si hubiese salido de un estado
de hipnosis o acabase de participar en una ceremonia religiosa
de purificación).
Qué
sentido tiene hablar de la solidez del guión o del magnífico
trabajo interpretativo de los actores en películas que
se plantean de forma explícita el sentido de la vida y
de la existencia humana? ¿Cómo podemos valorar la excelente
fotografía o el trabajo de dirección en una obra
que nos enfrenta sin complejos a las grandes preguntas que se
ha hecho el hombre a lo largo de los siglos? ¿En qué medida
podemos describir la agilidad del montaje o los hábiles
movimientos de cámara –qué los hay- en un film que
quiere capturar la sensación del viento meciendo la rama
de un árbol o el sonido de una hoguera que se extingue?
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