Texto: Carlos Leal
Fotos: Archivo

 

 

Sergei Eisenstein. El montaje
como conflicto

Uno de los ideales del cine clásico de Hollywood era llegar al montaje invisible, un modo de representación en el que la forma se diluye para dejar al espectador ante una ilusión de realidad, en la que la mano del director resulta prácticamente imperceptible. Este concepto ha sido, sin duda, el mayoritario en el cine mundial desde que Griffith estableciera las bases del modo de representación institucional en la película El nacimiento de una nación. Sin embargo, otros muchos creadores desde posiciones estéticas diversas han desafiado este modelo dando lugar a algunas contribuciones al desarrollo del cine ciertamente brillantes.

Sergei Eisenstein en la sala de montajeEntre ellos ocupa sin duda un lugar de excepción el director soviético Sergei Eisenstein. Eisenstein nació en Riga (Letonia) en 1898, ciudad en donde inició sus estudios en la escuela de Bellas Artes. Pronto se traslada a Petrogrado y allí amplia su formación estudiando arquitectura, ingeniería, teatro, filosofía, lingüística, psicología e idiomas. Trabajó como decorador en el teatro Meyerhold y su contribución al teatro de vanguardia de su país (que pretendía instruir a la gran masa iletrada rusa en un verdadero espíritu comunista) fue muy importante.

Su primer largometraje fue La huelga (1924), al que le seguirían El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1928). En 1929 dirigió La línea general y en su estancia en América rodó Que viva México (1932). Sus últimas películas, El prado Bezhin (1937), Alexander Nevsky (1938), Iván el terrible I (1943) e Iván el terrible II (1946), sobre todo esta última, le hicieron ganarse las antipatías del régimen de Stalin, que lo censuraría sistemáticamente llegando a destruir la tercera parte de Iván el terrible. Eisenstein murió en 1948 rodeado de inacabados planos para nuevas películas.

En su concepción estética, Eisenstein comparte con los grupos de la vanguardia teatral rusa su rechazo por las formas de arte tradicionales y la cultura elitista. De hecho, Eisenstein entiende que el conflicto es el principio fundamental de toda obra de arte. Esta idea se refleja en su teoría acerca del montaje cinematográfico conocida como el "montaje de atracciones".

Eisenstein desde un principio se opuso a aquellos teóricos que, como Pudovkin, afirmaban que el montaje no es más que un conjunto lineal de imágenes en cadena que construyen y exponen la idea. Desde su punto de vista, éste es un recurso que sólo se debe usar en circunstancias excepcionales. Por el contrario, él considera el montaje "como contraste de imágenes, del cual debe surgir, nacer la idea que se quiere expresar".

   

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