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Uno de los ideales del cine clásico
de Hollywood era llegar al montaje invisible, un modo de representación
en el que la forma se diluye para dejar al espectador ante una
ilusión de realidad, en la que la mano del director resulta prácticamente
imperceptible. Este concepto ha sido, sin duda, el mayoritario
en el cine mundial desde que Griffith estableciera las bases del
modo de representación institucional en la película El nacimiento
de una nación. Sin embargo, otros muchos creadores desde posiciones
estéticas diversas han desafiado este modelo dando lugar a algunas
contribuciones al desarrollo del cine ciertamente brillantes.
Entre
ellos ocupa sin duda un lugar de excepción el director soviético
Sergei Eisenstein. Eisenstein nació en Riga (Letonia) en 1898,
ciudad en donde inició sus estudios en la escuela de Bellas Artes.
Pronto se traslada a Petrogrado y allí amplia su formación estudiando
arquitectura, ingeniería, teatro, filosofía, lingüística, psicología
e idiomas. Trabajó como decorador en el teatro Meyerhold y su
contribución al teatro de vanguardia de su país (que pretendía
instruir a la gran masa iletrada rusa en un verdadero espíritu
comunista) fue muy importante.
Su primer largometraje fue La huelga
(1924), al que le seguirían El acorazado Potemkin (1925)
y Octubre (1928). En 1929 dirigió La línea general
y en su estancia en América rodó Que viva México (1932).
Sus últimas películas, El prado Bezhin (1937), Alexander
Nevsky (1938), Iván el terrible I (1943) e Iván
el terrible II (1946), sobre todo esta última, le hicieron
ganarse las antipatías del régimen de Stalin, que lo censuraría
sistemáticamente llegando a destruir la tercera parte de Iván
el terrible. Eisenstein murió en 1948 rodeado de inacabados planos
para nuevas películas.
En su concepción estética, Eisenstein
comparte con los grupos de la vanguardia teatral rusa su rechazo
por las formas de arte tradicionales y la cultura elitista. De
hecho, Eisenstein entiende que el conflicto es el principio fundamental
de toda obra de arte. Esta idea se refleja en su teoría acerca
del montaje cinematográfico conocida como el "montaje de
atracciones".
Eisenstein desde un principio se
opuso a aquellos teóricos que, como Pudovkin, afirmaban que el
montaje no es más que un conjunto lineal de imágenes en cadena
que construyen y exponen la idea. Desde su punto de vista, éste
es un recurso que sólo se debe usar en circunstancias excepcionales.
Por el contrario, él considera el montaje "como contraste de imágenes,
del cual debe surgir, nacer la idea que se quiere expresar".
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