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A veces, el cine, que tantas veces vino en tu ayuda,
puede volverse contra ti y destrozarte la vida. Si eso ocurre
se da la curiosa paradoja de que lo que un día que te salvó
se convierte, sin previo aviso, en el vehículo que transforma
la realidad en tu peor pesadilla. Desde que era un niño,
el cine acompaña a Roman Polanski de la misma forma en
la que el ángel de la guarda acompañaba a los niños
católicos; sólo hay una salvedad: el cine que sigue
a Polanski muestra a veces su cara buena y en otras ocasiones
se transforma en una sombra fantasmagórica, en un abismo
cercano que da miedo mirar.
Durante
su infancia, Roman Polanski tuvo pocas posibilidades de conocer
el cine. Sus padres, judios de Polonia, escaparon a Francia un
par de años antes de la invasión alemana, esquivando
sólo temporalmente de la tragedia, ya que más tarde
fueron capturados, junto a su hijo, y deportados a campos de concentración.
Sin embargo, el pequeño Roman logró escapar y su
vida se transformó en un deambular errático por
el campo, acogido por familias católicas que trataban de
esconderle de los nazis. En aquella época en cada pueblo
polaco había un cine donde los alemanes proyectaban sus
dramas propagandísticos. Polanski se hizo adicto al cine
de sus verdugos, aquellas imágenes que danzaban en la pantalla,
como él mismo diría más tarde, le salvaron
la vida.
Tras la guerra, Polanski descubrió que su
madre había muerto, pero que su padre aún seguía
vivo. Dotado de un sentido práctico, él quería
que su hijo acudiese a la escuela de técnicas aplicadas
y se convirtiese en ingeniero, pero Roman ya había decidido
algo distinto e ingresó a la escuela de cine de Lodz, para
convertirse en realizador. Allí entro en contacto con realizadores
polacos como Andrzej Wajda y comenzó a rodar sus primeros
cortometrajes con títulos como "Dos hombres y un guardarropa",
"El gordo y the Lean' and 'Mammals'. Pero Polanski comenzó
a destacar con su primer largometraje, rodado cuando tenía
29 años. Se trata de Un cuchillo en el agua, un
largometraje que puso de relieve su gusto por el humor negro y
por el desequilibrio en las relaciones humanas.
El éxito en Polonia de Un cuchillo en
el agua permitió a Polanski abandonar su país
natal y marchar al Reino Unido para rodar sus próximas
películas: la primer de ellas, Repulsión,
protagonizada por Catherine Deneuve, supuso un hito en el ámbito
del thriller psicológico y fue galardonada con el
Oso de Plata en el Festival de Berlín. Al mismo tiempo,
el éxito de Repulsion, propagó la fama morbosa,
de cierta perversión, que acompañaría a Polanski
durante toda su vida, determinando también buena parte
de su cine que acechaba en su cabeza.
En
Estados Unidos, la fama de Polanski no iba a cambiar, en especial,
desde que se decidió a filmar La semilla del Diablo
(1968), una oscura historia de terror, donde, por primera vez,
el realizador se decidía a explotar uno de los recursos
habituales de su cine posterior: el diablo y sus artes. Sin embargo,
el cine, que tanto le había dado, decidió cobrarse
su parte del trato, atravesando la fina línea que separa
la realidad de la ficción y convirtiendo su vida en una
pesadilla. Meses después del estreno de La semilla del
Diablo, el perturbado Charles Manson asesinó a la mujer
de Polanski, la joven actriz Sharon Tate, embarazada del primer
hijo de la pareja, en un ritual demoniaco y brutal.
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