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El aire nuevo llegó de la mano de Gonzalo Suárez,
quien le ofreció el papel protagonista de El Detective y la
muerte (1994), un oscuro thriller en el que interpretaba
a un investigador obsesionado con una mujer que se le escapa de
las manos. Más sonada fue su participación en Días contados
(1994) de Imanol Uribe. Allí Javier Bardem dio vida a Lisardo,
un delincuente de poca monta gracias al cual ganó el primer Goya
de su carrera.
De
inmediato se concentró en el reto de hacerse más versátil y explorar
nuevos registros, aún a riesgo de hacer el ridículo. Así aceptó
el papel protagonista de Boca a boca (1995), una comedia
de enredo junto a Aitana Sánchez Gijón en la que se tendría que
transformar en un tipo tímido e ingenuo que se ve envuelto en
una delirante trama de teléfonos eróticos, extorsión y drogas.
La aventura acabó con un nuevo Goya entre sus manos y con la convicción
de todo el cine español de que Bardem era ya su actor con más
futuro. Entonces el éxito le pudo. "Fue como un río que me llevaba.
Iba perdiendo mis referencias, mis amigos me llamaban y yo no
devolvía las llamadas porque estaba muy estresado. El éxito se
metió conmigo en la cama e hizo conmigo lo que quiso", aseguraría
Bardem algunos años después.
Pero curiosamente de eso se curó trabajando. En
los años siguientes, fue acumulando experiencia con los directores
más destacados del panorama nacional: Alex de la Iglesia (Perdita
Durango), Mariano Barroso (Extasis y Los lobos de
Washington), Gerardo Vera (Segunda Piel), Manuel Gómez
Pereira (Entre las piernas) o Pedro Almodóvar (Carne
trémula) asentaron la meteórica trayectoria de Bardem, permitiéndole
ganar madurez y fama internacional, dos ingredientes vitales en
la que sería aventura más sonada de su carrera hasta el momento:
su interpretación del poeta cubano Reynaldo Arenas en Antes
que anochezca, del atípico realizador y pintor norteamericano
Julian Schnabel.
"Pensé que irían a verla tres personas. Es una
película muy arriesgada y minoritaria", confesó un sorprendido
Bardem poco después de conocer su nominación al Oscar (la primera
en la historia para un actor español) gracias a este biopic
en el que, muy en el estilo de su anterior filme Basquiat,
Julian Schnabel retrató el maravilloso universo imaginativo de
Arenas. Javier Bardem no ganó el Oscar, pero sí supo lo que tenía
que hacer. Estaba más preparado y no fallaría.
Tras
la aventura norteamericana, que murió antes de empezar, Bardem
regresó a España para finalizar el eterno rodaje de Pasos de
Baile de John Malkovich y embarcarse en un proyecto inusitadamente
pequeño: Los lunes al sol, un filme del joven director
Fernando León de Aranoa (Barrio). En esta película Bardem
da vida a Santa un parado parlanchín, irascible y compañero que,
junto a otros olvidados, lucha por su vida en un ambiente cada
vez más opresivo. Toda una cura de humildad y un movimiento más
para que la máquina del éxito no se acelere y se le vuelva a tragar
vivo.
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