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En
el cine, el éxito siempre ha sido una máquina extraña que lo mismo
fabrica sueños satisfechos que pesadillas horripilantes. Obtener
un resultado u otro depende únicamente de la forma en que se eche
a andar el mecanismo; algunos no temen y manejan los mandos con
frialdad, con cierto desapego, sin saber exactamente dónde van
pero exhibiendo un gesto impasible que no se altera tras años
de adulación. Otros, sin embargo, tocan las distintas manivelas
y botones con mucha precaución, buscando que la máquina letal
no se vuelva loca y les devore, porque en el fondo saben que si
el engranaje echase a andar con furia ellos perderían el control
y caerían al pozo de la vanidad y el ridículo. A estos últimos
pertenece Javier Bardem.
Cuando Bardem apenas había puesto un pie en la
alfombra roja de Hollywood, Steven Spielberg, el rey del éxito
impasible, le propuso un negocio, un papel destacado en su última
película, dándole la réplica a Tom Cruise. Javier Bardem sintió
como la máquina del éxito despertaba ruidosamente y decidió esperar.
No era la primera vez. Varios años antes le habían propuesto hacer
de villano latino en una de las entregas Bond, El mundo nunca
es suficiente, y lo rechazo sin dudas. Mientras sopesaba su
decisión tuvo que ver pasar la sombra de otros actores serios,
considerados en sus países, que acababan interpretando papeles
estúpidos para tocar con las manos la extravagante fantasmagoría
de Hollywood.
También cuando Rusell Crowe subió a recoger el
Oscar que muchos apuntaban sería para él, una parte de Bardem
respiró. Agotado tras conceder miles de entrevistas, después de
dos meses sometido a la liturgia que los norteamericanos preparan
para sus ídolos, Javier se sintió aliviado de que aquello se detuviese
allí. "No quería que cambiase mucho mi situación. No estaba preparado
ni tengo el gusto por vivir lo que significaría un Oscar, que
es un trampolín que supondría probablemente sacrificar tu intimidad
a nivel mundial".
Como
en tantas otras ocasiones, los inicios de Javier Bardem en el
cine remiten a una casualidad. Antes de dedicarse a la interpretación,
había probado el baile (en televisión y haciendo "streap-tease"
en despedidas de soltera) y el dibujo, había trabajado como tramoyista,
sirviendo copas e incluso había jugado en la selección española
de rugby. Buscaba dinero sencillo cuando se acercó al casting
de Las edades de Lulú (1992), donde Bigas Luna trataba
de encontrar a un tipo fuerte, con aire de bruto. Curiosamente
para alguien proveniente de una familia de cine ése era uno de
los primeros contactos de Bardem con el séptimo arte.
Los personajes que interpretó al principio de
su carrera estuvieron fuertemente condicionados por su físico.
Recio, ancho de hombros, de cuello firme y rasgos aplanados de
boxeador, la planta de Bardem le empujaba continuamente a papeles
de macho ibérico como ocurrió en Las edades de Lulú, El
amante bilingüe (1992), Jamón, Jamón (1992) o Huevos
de oro (1993). Rápidamente intuyó que, si no cambiaba el guión,
se quedaría ahí para siempre.
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