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Escritor, pintor, cineasta, matemático,
autor de libretos de ópera, filósofo, organizador
de exposiciones... pocos creadores de hoy en día se acercan
tanto al modelo de artista global propugnado por el Renacimiento
como el galés Peter Greenaway, cuya trayectoria cinematográfica
recibe en estos días en Sitges el reconocimiento del Festival
Internacional de Cine de Cataluña, que le ha concedido
su máximo galardón, la máquina del tiempo.
Su
filmografía, que se extiende a lo largo de los últimos
20 años, mantiene como una constante obsesiva la lucha
por las posibilidades expresivas del cine. Y es que, para Peter
Greenaway, el cine es mucho más que una coartada para contar historias;
por eso en sus películas las ideas tienen más importancia
que la anécdota o la trama y los distintos medios y recursos
artísticos se integran dando lugar a una cinematografía
de una peculiar belleza.
La importancia de las artes plásticas en
su cine es más que comprensible, teniendo en cuenta que
ya desde los doce años la formación de Peter Greenaway
se orientó hacia la pintura. No obstante, o al menos eso
dice la leyenda, su vocación cambió a los 16 después
de ver El séptimo sello, de Ingmar Bergman. En todo
caso, la pintura ha seguido muy presente en su filmografía,
ya sea a través de la calidad pictórica de muchos
de sus encuadres, generalmente fijos, o incluso a través
de abiertos homenajes, como los de La última cena,
de Leonardo Da Vinci, o La lección de anatomía, de Rembrandt,
en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante.
Al mismo tiempo, la música también
juega un papel fundamental en la trayectoria de Greenaway. Hasta
Los libros de Próspero (1991), su compositor más
estable fue Michael Nyman, quien a su lado desarrolló algunas
de de las bandas sonoras más interesantes de los últimos
tiempos. Además, Peter Greenaway ha escrito el libreto
y dirigido óperas contemporáneas como Rosa,
Cien objetos para representar el mundo y Cristobal Colón,
todas ellas en colaboración con el músico Saskia
Boddeke.
La carrera cinematográfica de Peter Greenaway
comenzó como montador en la Oficina Central de Información
británica. Allí, durante los años 60 y 70,
mientras trabajaba rodando documentales, comenzó a utilizar
las facilidades que le daba su puesto de trabajo para filmar sus
propios cortometrajes experimentales, como "H is for House"
o "Windows". El culmen de esta doble tendencia lo alcanzó
en The Falls (1980), un interesante falso documental de
tres horas que narra las vidas de 92 víctimas de una extraña
circunstancia conocida como el Evento Violento Desconocido, que
afecta a todo el planeta.
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