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Sabrina (1954)
Por Carolina Alvira
La
cámara sube y nos muestra, descarada, a una mujer, "la más chic
de todo el andén", una joven y atractiva mujer que espera junto
a su perrito David, también chic. Es la nueva Sabrina, el cisne
que fue patito feo, la princesa que fue Cenicienta, la joven muchacha
que vuelve de París transformada en una glamourosa mujer. Aparece
David, el hombre no el perro, y se queda prendado de una chica
a la que no reconoce. Los días en que la joven Sabrina le espiaba
subida en un árbol ya se acabaron, ahora es ella quien se deja
mirar. Envuelta completamente en un halo de felicidad juega a
las adivinanzas, mirando pícaramente, sonriendo con complicidad,
contestando con seguridad. París es mucho París. Y Audrey es mucha
Audrey. Marilyn es sensualidad, Marlene ambigüidad y Audrey es
elegancia, es glamour, es Sabrina. Wilder filmó el más encantador
y tierno patito feo, pues ya el patito era hermoso, pero aún
no era cisne.
Con faldas y a lo loco
(1959)
Por Alejandro del Pino
Hay escenas
que forman parte del imaginario colectivo, con independencia de
su sentido original en el desarrollo narrativo y dramático de
la película en la que aparecían o de las intenciones originales
de su autor. Recuperadas, revisadas y revisionadas una y otra
vez, han pasado a formar parte de una especie de patrimonio audiovisual
de la humanidad que trasciende el concepto de autoría y nos coloca
ante una manifestación expresiva de validez universal (con influencias
infinitas y dobles lecturas sorprendentes). Billy Wilder ha creado
muchas escenas que podrían pertenecer a esta categoría, pero ninguna
ha sido tan popular como el delirante diálogo de Oswood (Joe E.
Brown) y Jerry (Jack Lemmon) sentados frente a la cámara en la
parte delantera de una barca que pone punto y final a Con faldas
y a lo loco. Con esa escena Wilder logra trascenderse a sí mismo
gracias a un excepcional golpe de ingenio que esconde algo mucho
más importante: un emotivo y sincero canto a la tolerancia y a
la diferencia. Puede que la escena haya perdido gran parte de
su encanto original por la cantidad de veces que ha sido utilizada.
Tal vez el director de El apartamento ha realizado escenas
de mucho más calado emocional y sabiduría cinematográfica. Quizás
hubiese sido más enriquecedor buscar otros momentos no tan conocidos
de su filmografía y demostrar un poco más de originalidad y sutileza
crítica. Pero la elección está justificada por un argumento tan
simple como decisivo que reinventó Wilder: nadie es perfecto.
Irma la dulce (1963)
Por David Montero
Durante
años los guionistas más esforzados de Hollywood han pretendido
lograr el final perfecto. Mientras tanto, Billy Wilder se dedicaba
con determinación a los epílogos imperfectos, a poner en pie pequeñas
escenas finales que constituyen en sí mismas auténticas lecciones
de cine. Uno de los más geniales, lo aporta Irma la dulce.
En pocas palabras, el policía honesto Jack Lemmon ya ha conseguido
a la chica, la prostituta pelirroja Shirley McLaine. Él la ha
retirado de la calle gracias a un estrafalario plan para el que
tuvo que desdoblarse, disfrazado con barba, traje y parche en
el ojo, en Lord X, un aristócrata ficticio por cuya muerte imaginaria
ha sufrido incluso prisión. Pero al final, todo se ha resuelto,
la confusión ha dado paso a la felicidad y, ante los satisfechos
personajes, entre los que está el propio Lemmon, cruza de nuevo
un imposible Lord X, con su elegante sombrero y su parche. El
protagonista compone entonces un inigualable gesto de extrañamiento
y el espectador aprende que, afortunadamente, el cine es mentira,
una ilusión, un sencillo truco de magia.
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