Ficha técnica

 


Visionarios

Academicismo coral

Por José Antonio Díaz

Después de tantos años de carrera, contar todavía entre sus realizadores a gente como Mario Camus, Vicente Aranda, Montxo Armendáriz, José Luis Borau o Manuel Gutiérrez Aragón es no sólo un pequeño gran lujo para el cine español actual, sino un necesario contrapeso de sabiduría a la prolífica cantera de nuevos directores surgidos de la facilidad para realizar operas primas en los últimos años, injustificadas tanto en términos de calidad como de mensaje, por mucho que Visionarios, último trabajo de Gutiérrez Aragón, no se cuente entre sus filmes más personales.

Basada en hechos reales, etiqueta de gusto cada vez más dudoso, Gutiérrez Aragón escribe y luego filma la apasionante historia de las presuntas apariciones marianas ocurridas en un pueblo guipuzcoano en tiempos de la II República, supuestamente portadoras de un mensaje justiciero contra el curso de los acontecimientos políticos y sociales asociados al régimen llamado a desclericalizar la sociedad española de la época.

El problema de Visionarios viene ya de origen: su guión construye el relato desde la perspectiva de un personaje neutral, excesivamente instrumental (el interpretado por Eduardo Noriega, cuyo status de indiscutible miembro del particular star system español hace que haya sido el elegido para un papel inapropiado para un físico tan aparente), que de esa forma proyecta sobre el resto de personajes y sobre los acontecimientos en que participan una visión excesivamente desapasionada e impersonal, cuando la radicalidad y excepcionalidad de los sucesos que ilustran piden a gritos exactamente lo contrario.

Y particularmente oscurecido queda el único personaje realmente interesante, el interpretado por Ingrid Rubio, sobre el que quizá debiera haber descansado el punto de vista de la película. La extraordinaria interpretación de Rubio otorga a la cinta los únicos momentos de vida, de intensidad, que ésta tiene, pero desgraciadamente son excesivamente breves como para que pueda impregnar el tono del conjunto.

A partir de ese problema, la puesta en escena deviene un tanto plana, mecánica: cada secuencia parece empezar desde cero, en lugar de alimentarse recíprocamente, con lo que los personajes no crecen en paralelo a los sucesos en que se ven envueltos, sino que resultan marionetas en manos de un autor aparentemente deslumbrado por la excepcionalidad y gravedad de los acontecimientos reales, a cuya claridad expositiva parece ponerse al servicio completamente.

Así las cosas, Visionarios se queda en una demostración de buena producción y en un ejercicio de prodigiosa ambientación de época, casi suntuosa, cuyas escenas de masas están resueltas con brillantez, pero recorrido por un academicismo incompatible con la intensidad que debiera haber impregnado un relato tan especial como éste, que sólo encuentra en las sugerentes apariciones de Ingrid Rubio y en las difíciles escenas, magníficamente recreadas, en que los visionarios, desencajados, creen ver a la virgen.

Cualquier parecido entre La mitad del cielo (1986) y Visionarios es pura casualidad, debían haber rezado los títulos de crédito iniciales como prudente advertencia.

   

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