Ficha técnica

 

 


El pabellón de los oficiales

El humanismo esencial

Por José Antonio Díaz

Estrenada en nuestro país con un sorprendente apoyo publicitario para una película francesa, habitualmente confinadas discretamente en las salas de versión original, apoyo que no parece justificado por su discreta presencia en los festivales de Cannes y San Sebastián ni por su modesto palmarés en la ceremonia de los César en Francia, El pabellón de los oficiales es algo más que un nuevo despliegue de la capacidad de producción de la cinematografía más envidiada de Europa en películas históricas (por mucho que no haya que irse más allá de los años de la primera guerra mundial para situar su historia).

Aunque de cuidada factura en la recreación de ambientes asociados a la atmósfera bélica que rodea toda la historia, la película escrita y dirigida por Francois Dupeyron destaca por su sencillez y modestia para contar eficazmente, sin alardes, la dura historia de la recuperación física, primero, y psicológica, después, de un Oficial de ingenieros del ejército francés de una mutilación facial sufrida como consecuencia de la explosión de una bomba, durante su estancia de varios meses en el pabellón del título en un hospital de guerra.

Estructurada en su primera mitad en torno al tratamiento médico que el Oficial (Eric Caravaca) recibe ora del animoso médico-cirujano, ora de la paciente y cariñosa enfermera que le procura los cuidados más cotidianos, sin más pretensiones que narrar el calvario de la lentísima recuperación física y psicológica de unas secuelas más graves a la postre por sus efectos estéticos que fisiológicos, El pabellón de los oficiales, sin obviar ni dulcificar el tratamiento riguroso de las circunstancias durísimas en que se mueven tanto el protagonista como el grupo de oficiales igualmente mutilados que con él conviven, es una delicia de exactitud y mesura en la puesta en escena de las relaciones personales que se entretejen en torno a tan tétricas circunstancias, hasta el punto de que, seguramente sin proponérselo, la película parece contener entre sus imágenes de fotografía deliberadamente velada, casi sucia, una corriente subyacente de elegancia rayana en la fina comedia vitalista, lo que es un milagro tratando de lo que trata y de la forma en que se trata.

Unos pocos diálogos regularmente distribuidos, secos, de significado concentrado pero no pretencioso, exactos y sencillos, enlazados de forma imperceptible por una banda sonora de equivalente textura, le sirven a su autor para narrar con absoluta precisión la morosa recuperación del oficial y la progresiva elevación de su autoestima frente a terceros.

Delimitando este sobrio núcleo de la historia se encuentran, sin embargo, un comienzo y un cierre no tan afortunados, en la medida en que, justificados o no en la novela histórica en que se basa el guión, no sólo sobra la breve relación amorosa del protagonista con una mujer prácticamente desconocida al principio del relato, sino que, a fuerza de inverosímil, resulta ridícula, mina la credibilidad de lo que es realmente esencial, retarda el arranca de la historia y sólo sirve para cerrar de una forma ligeramente melodramática y aparentemente redonda una historia dura y rigurosa, espartanamente austera, incompatible con tales carambolas hollywoodenses.

 

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