Ficha técnica

 

 


Gangs of New York

El corazón podrido de la Gran Manzana

Por Alejandro del Pino                                                   

Nuestra mirada cinematográfica no es inocente y es imposible despojarse de prejuicios y expectativas antes de ver cualquier película, sobre todo si viene precedida de tanto ruido mediático. Disciplinas como la Semiótica han subrayado la importancia del contexto en la interpretación del texto, y el caso de Gangs of New York es un ejemplo paradigmático de la lucidez de este enfoque analítico. Antes de ver la película, conocía los rumores y las polémicas que habían rodeado su producción, ejecución y presentación (cortes en el metraje impuestos por la productora Miramax, retrasos en su estreno por coincidir con los meses posteriores al 11-S, enfrentamientos entre actores y director,...). A su vez, tenía una opinión formada sobre la calidad, y/o fama de su equipo artístico y técnico, me había sorprendido una vez más del presupuesto desorbitado que alcanzan filmes como este (¡100 millones de dólares!) y sabía que iba a ver una deslumbrante epopeya fílmica sobre la génesis violenta de una ciudad - New York - que forma parte del imaginario épico, poético y trágico de la sociedad del espectáculo globalizado.

Todo esta carga simbólica me acompaña y determina decisivamente mi valoración e interpretación de Gangs of New York. Pero la realidad es lo suficientemente compleja y flexible como para permitir una mirada poliédrica del mismo fenómeno. Esto explica que la principal objeción que le puedo realizar al último proyecto de Martin Scorsese es, al mismo tiempo, el gran motor de mi disfrute (emocional e intelectual) de la cinta: su desmesurada ambición visual y la apasionada carga mítica (casi bíblica) que el director de La última tentación de Cristo otorga a la historia y a sus personajes. La predisposición del espectador (sus expectativas y prejuicios ante un film tan connotado) explica las controversias que Gangs of New York está suscitando entre público y crítica. Quien no se deje arrastrar por la épica decadente del director de Taxi driver encontrará muchos fallos de composición argumental, unos personajes grandielocuentes pero en el fondo vacíos y una gratuita recreación de la violencia convertida en obsceno espectáculo para voyeurs sofisticados.

Pero es igualmente comprensible y argumentable la visión opuesta. La película de Scorsese nos lleva a un tiempo mítico, fundacional, en el que los hombres están a medio camino entre el salvajismo y la divinidad y se trasmutan en figuras mitológicas que componen un singular bestiario encabezado por un héroe joven, apuesto y atormentado, un villano sin piedad pero de irresistible magnetismo y una bellísima y sensible dama que aspira a vivir en un mundo menos agresivo. Los extraños recovecos, excesos y saltos al vacío de la trama son el resultado de un acercamiento visceral a la cosmogonía violenta y viril sobre la que se ha construido la historia de Nueva York y por extensión de los EE.UU. La escasa verosimilitud y rigor en la evolución de la narración es aplicable a cualquier reconstrucción épica de un hecho histórico, mucho más si el resultado final del filme no corresponde con el montaje original elaborado por su autor.

Ambientada a mediados del siglo XIX en el conflictivo barrio de Five Points (situado al sur de la actual Manhatan), el último trabajo de Scorsese narra la aventura de un joven (Amsterdam Vallon, interpretado por Leonardo di Caprio) que quiere vengar la muerte de su padre (un carismático sacerdote encarnado por Liam Neeson) que cayó abatido en una salvaje lucha entre los autodenominados nativistas (americanos de varias generaciones) y los emigrantes irlandeses recién llegados a la ciudad (conocidos como los Conejos muertos). Siendo niño, Amsterdam Vallon asistió a la pelea en la que su padre perdió la vida a manos del sanguinario líder nativista Bill, el carnicero (interpretado por Daniel Day-Lewis) y después de pasar 16 años en un orfanato donde no ha hecho más que alimentar su odio, vuelve a Five Points con un firme deseo de venganza. Pero Bill el carnicero, auténtico antecedente del capo mafioso inmortalizado por el cine clásico hollywodiense, se ha convertido en el hombre más poderoso del barrio, y el único modo de acercarse a él es ganarse su confianza.

Drama épico de espíritu clásico con ecos shakespereano y fecunda lectura psicoanalítica, en Gangs of New York el enemigo a batir (el otro) se convierte en una especie de padre adoptivo con el que el héroe protagonista comparte una enfermiza obsesión por el mismo acontecimiento (la muerte de su padre natural) y una relación apasionada y tormentosa con un joven carterista (Jenny Everdeane, que interpreta Cameron Diaz).  A partir de un arranque vertiginoso que coloca la narración en un climax difícilmente sostenible, Gangs of New York puede describirse como una fascinante coreografía fílmica de la violencia en estado puro que recuerda tanto a Grupo salvaje de Sam Peckinpah como al despliegue escenográfico de un montaje operístico o a las primeras grande superproducciones del cine mudo (Acorazado Potemkin, El nacimiento de una nación,...).

En la escena inicial (uno de los fragmentos más intensos y logrados del cine contemporáneo) se muestra la pelea entre las bandas de los nativistas y los irlandeses a través de un prodigioso montaje que fusiona la presentación de los distintos personajes del film con un crescendo rítmico que lleva hacia el brutal desenlace de la lucha en un paisaje nevado teñido de sangre. Estamos ante un film tan desmesurado como entretenido que engancha por su desbordante energía narrativa, su impecable puesta en escena, su dirección artística y, sobre todo, por un admirable y semiartesanal trabajo de producción que nos devuelve el espectáculo del cine en su expresión más clásica (todo el decorado se ha montado en los estudios de Cineccitá y sólo se recurren a efectos digitales en momentos puntuales).

Pero falla quizás en su visión de conjunto, en su capacidad de dar hondura emocional a los protagonistas. Ya sea por los recortes de metraje impuestos por la compañía Miramax o por una cierta limitación estructural, Gang of New York es un filme irregular en el que el ritmo de la narración pierde fuelle en demasiados momentos e incluso hay cierta torpeza y dejadez en la resolución de algunos aspectos que vehiculan el guión. En este sentido parece demasiado forzada la relación triangular entre los tres protagonistas, se nota cierta precipitación en el segundo tramo de la cinta y algunas decisiones trascendetales de los protagonistas no quedan suficientemente justificadas.

Uno de los grandes atractivos de Gangs of New York es el regreso a la interpretación de Daniel Day-Lewis que no aparecía en ningún film desde que en 1997 rodara The Boxer (de Jim Sheridan). Lewis, que con esta actuación opta por tercera vez al Oscar, ofrece una brillante, histriónica y matizada interpretación del brutal y sanguinario Bill el carnicero, logrando dotar a su personaje del halo de perverso magnestimo que ha cautivado tanto a la crítica como al público. Por su parte, Leonardo di Caprio muestra oficio y buenas intenciones en su intento de asumir la ambigüedad del personaje que interpreta (que se desvive entre el odio y la admiración por el asesino de su padre), aunque en ciertos momentos parece que la envergadura mítica y la sutileza emocional del papel le viene demasiado grande. Finalmente, Cameron Diaz cumple con convicción y credibilidad en su interpretación de un personaje que se resiente de cierta indefinición narrativa.

 

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