Ficha técnica

 

 


La última fortaleza

El agujero

Por David Montero

Uno de los tópicos más recurrentes del cine de prisiones es aquél que sitúa a los delincuentes en el "agujero" en cuanto desobedecen las órdenes de un vigilante o se mofan del irascible alcaide, siempre receloso y propenso a la brutalidad con los reclusos. Allí, en el agujero, el tiempo se transforma en un oscuro amasijo de horas y días, una mezcla de pasado y presente que puede hacerte perder el sentido, dejándote tarumba durante meses e incluso años. De hecho, los que se somenten a este descarnado tormento, pueden salir de él con ideas tan extravagantes como realizar un drama carcelario como los de antes, protagonizado por un actor sexagenario, con algo de acción barata, muchos lugares comunes y cierto tufillo patriótico, que realmente es lo único que todo buen americano aprecia, ya esté dentro o fuera del agujero. Un sinsentido. Lo curioso es que a veces la mezcla funciona y uno se pregunta cómo ha sido posible.

James Gandolfini, un alcaide frustradoNo se sabe si en la academia militar de West Point hay agujero o no. También se desconoce si, en el caso de que lo hubiese, Rod Lurie pasó por allí durante su época de aprendiz de soldado, mucho antes de dedicarse al cine, esa otra forma de la guerra. Sin embargo, sólo desde West Point puede uno filmar una cinta como La última fortaleza, cuyo guión se gestón mientras el joven escritor David Scarpa veía Patton: "Me pregunté que le pasaría a un general de prestigio si le culparan de un delito importante y le encerraran en la carcel". Militares y cárceles, precisamente de eso va la película.

El general elegido es Eugene Irwin, alto mando superviviente de Vietnam, el Golfo y Yugoslavia, que acaba con sus huesos en una estricta carcel militar por desobedecer una orden directa del presidente americano durante una complicada misión, con el resultado de ocho soldados muertos. Una vez en prisión Irwin descubre las injusticias a las que son sometidos diariamente los reclusos, víctimas de un comandante metódico y frustrado, que pasa las horas escuchando a Salieri en su despacho. La solución pasa por apelar al espíritu militar de los presos y a su sentido patriótico, convenciéndolos gracias a la genialidad de Irwin de que su única posibilidad pasa por el deshaucio del tirano que los humilla.

Precisamente en el acierto a la hora de elegir a los actores para estos dos papeles se esconde una de las principales bazas de La última fortaleza. El bueno, Robert Redford, que a la edad de 65 se ha embarcado en la tarea de reactivar su carrera como actor. Frente a él está James Gandolfini, mafioso televisivo, que en esta película borda su papel de alcaide resentido, frustrado ante la gloria y el carisma de su oponente, que poco a poco convierte a los reclusos en su batallón personal.

Sin embargo, el buen hacer de Redford y Gandolfini naufraga en el desarreglo temporal de una película que mejora a medida que avanza su metraje. En su primer tramo, La última fortaleza se detiene con excesivo detalle en escenas comunes, triviales, harto conocidas, que dejan en el espectador una sensación de deja vú que perjudica la magnífica partida de ajedrez con la que acaba la historia. Para entonces, uno debe esforzarse en olvidar la hora anterior: si lo consigue habrá merecido la pena la entrada, si no.... Quizás si a Rod Lurie le hubiesen sacado a tiempo del agujero sabría que no es necesario utilizar dos horas para contar algo que dura hora y media.

 

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